LA VIVIFICACION

 

MICHAEL BISHOP

 

¿Qué ocurriría si toda la gente del mundo se despertara una mañana y se encontrara en un país distinto al suyo, rodeada por una babel de personas de las más dispares procedencias, todas ellas en su misma situación? ¿Serían capaces de enfrentarse a las nuevas circunstancias para proseguir la civilización tal como hoy la conocemos? ¿Desearían hacerlo? ¿Este es el angustioso dilema al que se enfrenta Lawson el protagonista de este relato, cuando se despierta de pronto en una ciudad española desconocida, a orillas del Guadalquivir rodeado de gente también desconocida procedente de Africa, el Tibet, Canadá, Afganistán, Australia... y todos ellos tan sorprendidos como él. Michael Bishop, autor del celebrado relato En la Calle de las Sierpes (ND 131), ganó con La vivificación el premio Nebula a la mejor novela corta de SF publicada en 1981 y fue nominada también para el premio Hugo, quedando en destacada posición entre las finalistas.

 

Lawson emergió de su sueño sintiéndose aturdido y desorientado. En lugar del murmullo del tráfico de Rivermont y los ladridos de los perros de cada mañana, escuchó el sonido de pies que corrían y una agitada orquestación de gemidos y lamentos, No había ninguna cortina que actuara de pantalla o suavizara el sol que golpeaba su cara; una incandescencia azulina había reemplazado al techo.

—¿Marlena? —dijo Lawson, con incertidumbre. Temió que alguna de las niñas estuviera enferma y se dijo que debería levantarse para prestar ayuda.

Cuando trató de perforarse, al arañar con el hueco de la mano sobre una piedra esculpida firmemente en un pilón, descubrió que su cama se había convertido n un parapeto situado junto a un río que huía atravesando una ciudad desconocida. Llevaba puesto, en vez del verde pijama estilo campesino chino que Marlena le había regalado por Navidad, un traje caqui 1505 de sus días en las Fuerzas Aéreas y un par de andrajosas zapatillas de tenis marca Converse. Torpemente, como si acabara de salir de una losa mortuoria, Lawson se apartó del muro. El mundo había dado la vuelta durante su sueño. Las fronteras de una confusa anarquía habían empezado a asegurarse.

La ciudad estaba llena de gente. Lawson sabía, seguro como que existía el infierno, que no se trataba de Lynchburg; que el río que corría atravesándola no era el James. Unas pocas personas, con expresiones aterrorizadas y en posturas defensivas, se deslizaban más allá de Lawson, sobre el paseo junto al parapeto. Muchos chillaban o balbucían mientras corrían. Otras formas humanas, ni siquiera remotamente vestidas de manera parecida, brotaban confusas desde las piedras pavimentadas, o los bancos junto a la ribera, o el arcón de la calzada. Lawson advirtió que su aturdimiento y su miedo apenas reprimido reflejaban el suyo propio: como él, estas gentes estaban despertando a la pesadilla.

El terrible hecho de su desplazamiento parecía más importante que los diez mil detalles psíquicos que se le enfrentaban. Resultaba duro percibirlo todo a la vez, pero Lawson intentó calibrar y asimilar lo que veía.

La ciudad era extranjera. Su arquitectura, una mezcla del gótico y el estéril modernista de pseudoadobe; un estilo a cada margen del río. En esta banda, unas palmeras agitaban sus copas de ensueño en intervalos precisos a lo largo de todo el paseo. Hacia el interior de la ciudad, la intrincada torre de una catedral definía por su gran altura casi todo debajo de ella. El sol crepitaba sobre la torre rosácea con una árida ferocidad. Lawson, que jamás antes había salido al extranjero, la definió como mediterránea... Lejos, a su izquierda, un puente conducía a una zona más moderna de la ciudad. Allí, edificios de ladrillos rojos y color beige se apiñaban como tumbas. A ambos lados del puente, autobuses, taxis y otros vehículos motorizados yacían en las- calles, aparcados o abandonados.

Lawson reflexionó. No era familiar, pero tampoco sobrenatural. Reconoció cosas, vio la impronta de una cultura de alguna manera similar a la suya propia. Y, por un momento, dejó que el inanimado bulto de la ciudad y la languidez de sus palmeras y

buganvillas apartaran su visión del horror humano que tenía lugar en las calles.

Una mujer de tez oscura, vestida con un sari, pasó presurosa por su lado. Lawson tendió una mano hacia ella. Recuperando los residuos de algún curso de lengua en la escuela superior, gritó: "¿Habla español?". La mujer aligeró el paso, cruzó la calle, volvió a cruzarla, la cruzó de nuevo... Sus movimientos eran desatinados, motivados, parecía, por el pánico y la complicada necesidad de hacer algo.

—¡Esto es España! ¡Estamos en algún lugar de España!—gritó Lawson a un hombre negro vestido con un mono de peto que deambulaba parapeto abajo . ¡Es todo lo que sé! ¿ Habla usted inglés? ¿Español? ¿Sabe qué es lo que nos ha pasado?

El negro, haciendo una mueca que le tensó la piel alrededor de los pómulos, se aplastó contra el muro como un lagarto. Arqueó los codos y estrechó los ojos hasta hacerlos dos rendijas. Al mirarlo, Lawson percibió que el hombre estaba escuchando atentamente un sonido que había estado subiendo constantemente de volumen desde que Lawson había abierto los ojos: La ciudad entera estaba llorando. Desde los solares, edificios de apartamentos, tabernas y plazas, un lamento arrastrado y discordante se elevaba en la suave y azul indiferencia del día. Estaba compuesto de muchos sonidos. El negro del peto parecía determinado a separarlos y recoger los que le hablaran más directamente. Ladeó la cabeza.

—¡Spain! —Chilló Lawson a este tumulto—¡España!

El negro le miró, pero el jeroglífico de reconocimiento no apareció entre ninguno de aquellos que brillaban en sus ojos. Como para desalojar el llanto de la ciudad, meneó la cabeza. Entonces, todavía aplastado como un lagarto, empezó a golpeársela metódicamente contra las piedras. Lawson, impotente y espantado, permaneció allí hasta que, insensible, el hombre hubo quedado reducido a una enfermiza y repetitiva salpicadura de sangre.

Pero Lawson era el único que miraba. Cuando se acercó al hombre para comprobar si se había matado, sus ojos fueron apartados del africano por un movimiento en el río. Un manojo de alguna clase flotaba en las aguas grises bajo el muro: Un niño, vestido solamente con una camisa. Los jirones de la camisa dejaban un rastro tras el niño como las ásperas y vacilantes patitas de un ánade. Lawson se preguntó si en España existían ánades.

Mientras tanto, aún subiendo de volumen, la impotente sirena de cuatrocientas mil voces se elevaba sobre los rascacielos y los jardines árabes. Lawson maldijo el sonido. Entonces, se cubrió el rostro y comenzó a llorar.

La ciudad era Sevilla. El río, el Guadalquivir. Lynchburg y el río James, alrededor de los cuales Lawson se había criado, hijo mayor de un itinerante predicador fundamentalista, estaba a varios miles de millas y un océano infernal de distancia. No podías llegar allí nadando, y si imaginabas que tus seres queridos estarían esperándote cuando volvieras, lo que harías, posiblemente, sería falsear la naturaleza del cambio que sacudía la realidad de este mundo. Nadie estaba ya en el lugar al que había pertenecido, y Lawson se sentía afortunado de poder darse cuenta de dónde se encontraba. La mayoría de los desposeídos, la gente desplazada que hoy habitaba Sevilla, no sabía gran cosa: apenas la intolerable crueldad de su desarraigo, el dolor de haber sido separados de maridos, esposas, hijos, amantes, amigos. Este tipo de cosas, y el temor.

Los cuerpos de los niños flotaban en el Guadalquivir. Y Lawson sabía, desde sus primeros reconocimientos de la ciudad a lomos de una motocicleta que había encontrado cerca de los Jardines de María Cristina, que miles de adultos yacían ya muertos en las calles y en las casas, víctimas de los golpes producidos por el pánico o de sus propios corazones traumatizados. ¿Quién sabía exactamente qué estaba sucediendo en aquel caso? Babel había regresado, y con ella, como parte del equipo, la total disolución de todos los lazos familiares y sociales. No podías doblar una esquina sin encontrar a una niñita de alguna exótica casta étnica, la cara cubierta de mocos, sollozando en voz alta o tal vez corriendo por encima de una amalgama de cuerpos aplastados y gritando nombres en una legua extraña.

¿Qué se suponía que tenías que hacer? Rodando en su moto, Lawson o bien ignoraba a estos chiquillos o escrutaba sus caras para comprobar cuánto se parecían a sus hijas.

¿Dónde estaba ahora Marlena? ¿Dónde estaban Karen y Anna? A la par que se volvía sordo a los llantos de los niños en los paseos, Lawson tuvo que endurecerse contra las implicaciones de estas preguntas. Mientras dialectos germánicos, chinos, bantúes, rusos, célticos, y un centenar de otras lenguas zumbaban en sus oídos, su moto fue dejando atrás una horda de coches y autobuses con conductores de aspecto inseguro al volante. Posiblemente, él también debería haber escogido un vehículo cubierto. Si estos frustrados y coléricos conductores que rabiaban en desafíos políglotas su temor a la situación decidían atropellarlo, lo harían con impunidad. ¿Quién podría detenerlos?

Quizás —en Estambul, o en La Paz, Mangalore, Jonkoping, Boise Citv, Kaesong—su propia esposa y sus hijas habían ya perdido la vida a manos de personas convertidas en asesinas por el miedo y la ausencia de hombres de uniforme armados con pistolas y con porras. Tal vez Marlena y las niñas estarían muertas...

Estoy en Sevilla, se dijo Lawson mientras continuaba la marcha. Había determinado el nombre de la ciudad poco después de encontrar la moto, al pasar junto a una señal que decía Plaza de toros de Sevilla: Un estadio circular de considerable tamaño cerca

del río. La plaza de toros. El español de Lawson era suficientemente bueno para descifrar los signos y posters inscritos en sus paredes. Corrida a las cinco de la tarde (García Lorca, pensó, inseguro de dónde había venido al nombre). Sombra y sol. Esa mañana dio tres o cuatro vueltas con la moto alrededor del coso y después se encaminó hacia el centro de la ciudad.

Lawson no quería saber nada de los edificios amorfos al otro lado del Guadalquivir, pero tampoco tenía una idea concreta de lo que iba a hacer en la ribera árabe o gótica. Todo lo que sabía era que la plaza de toros vacía, con su dormido potencial de muerte, le asustaba. Por otra parte, ¿cómo iba a establecerse el orden de una ciudad cuya población no había elegido libremente estar allí?

Lawson estaba seguro de que la población sevillana había sido distribuida a lo largo de toda la faz del globo, como piezas de ajedrez derribadas desde lo alto. La población de todas las otras comunidades humanas de la Tierra habia experimentado desplazamientos similares. El resultado, como por un designio malévolo, era el caos y el sufrimiento. Tus oídos intentaban cerrarse a las manifestaciones de este dolor, pero tus ojos no dejaban de informarte, y te odiabas a ti mismo por ignorar el lloriqueo del niño árabe, la mujer polinesia violada, el viejo de ojos azules cuyas palmas sangraban mientras rezaba a la sombra del toldo de un almacén. Casi te odiabas a ti mismo por sobrevivir.

A primeras horas de la tarde, en la entrada de la Calle de las Sierpes, Lawson se bajó de la moto y la apoyó contra una parea. Luego, avanzó entre la multitud y levantó el brazo derecho por encima de la cabeza.

—¡I speak English! —llamó—. ¡Hablo un poco español! Por favor, cualquiera que hable inglés o español, que se acerque.

Un hombre que podía haber sido vietnamita, o camboyano, o malayo incluso, robó la moto de Lawson y rodó con ella en un inestable zigzag calle abajo. Una gruesa mujer rubia de rojas mejillas miró con indignación a Lawson desde un portal, y un chiquillo de doce o trece años que parecía italiano se agarró ávidamente a su cintura, buscando protección en un adulto, esperando su conmiseración. Aunque no intentó quitarse de encima el abrazo del niño, Lawson evitó sus ojos.

Más abajo de la calle, Lawson vio a otro hombre con la mano levantada; llamaba en un seco pero melódico dialecto eslavo, y había conseguido atraerse a tres o cuatro personas. De hecho, las gentes de habla similar parecían estar agrupándose en la repleta avenida, imprimiendo en Lawson el temor de que hubiera llegado demasiado tarde para poner fin a su desolación. ¿Qué pasaría si aquellos que hablaban inglés o español se habían reunido ya en grupos de supervivencia? ¿Qué si ya se habían dirigido al campo, donde la lucha para obtener comida y bebida sería un poco menos predatoria? Si lo habían hecho, él sería un virginiano perdido y solitario en medio de esta Babel. Simplificado a un lenguaje de signos y sonidos guturales con los que hacer conocer sus deseos, podría morir reducido a la nada.

Signore —gemía el niño colgado de su cintura— Signore.

Lawson dejó que sus ojos, a la deriva. se posaran en el rostro del chiquillo.

—Ciao—dijo. Era la única palabra de italiano que conocía, o la única que recordó inmediatamente, y la pronunció mucho más enérgicamente de lo que pretendía.

El niño sacudió vehementemente la cabeza y se apretó con más fuerza a su cintura. Sus palabras sonaban como una descarga en el retrete de una habitación oscura, ninguna de ellas era distinta o reconocible.

—¡English!—gritó Lawson—. ¡English here!

English here, too, man—respondió una voz desde la multitud apretujada en la desembocadura de la calle—. ¡Espere un minuto, voy hacia usted!

Un hombre pequeño y musculoso de cabeza grande y no demasiada barbilla emergió de un hueco entre la gente y tendió la mano hacia Lawson. Su apretón era fuerte. Mientras estrechaban las manos, colocó su brazo izquierdo sobre el hombro del chiquillo italiano. El niño dejó de hablar y boqueó ante el recién llegado.

—Dai Secombe—dijo el hombre—. Me fui a la cama en Aberystwyth, donde enseño filosofía, y me desperté en España. Encantado de conocerle, señor...

—Lawson.

El niño empezó a balbucir otra vez, cambiando su mano de la cintura de Lawson a la camisa de franela del galés. Secombe tomó la mano del niño en la suya.

—No te preocupes, chico. Hay un grupo de compatriotas tuyos en un pub por aquí cerca. Ven, te llevaré.—Miró a Lawson—. Espéreme, señor. Volveré en un momento.

Secombe y el niño desaparecieron, pero en menos de cinco minutos el galés estuvo de vuelta. Se presentó de nuevo.

—Irse a la cama en Aberystwyth y despertarse en Sevilla —dijo—. Es terrible. Me alegro de estar vivo.

—¿Tiene usted familia?

—Sólo mi padre. Ochenta y cuatro años.

—Es usted afortunado. Quiero decir que no tiene a nadie más por quien preocuparse.

—Tal vez—dijo Dai Secombe, un repentino rastro de acritud en su voz—. Ayer no habría pensado así.

Los dos hombres permanecieron mirándose el uno al otro mientras el llanto de la ciudad se modulaba a un zumbido menos histérico pero todavía inhumano. La gente los rodeaba, los escrutaba desde esquinas y balcones, tomaba sus medidas al respecto. Por el rabillo del ojo Lawson vio a una mujer de cara redonda vestida con pieles de reno desplomada abrupta y dolorosamente en medio de la calle. Una esquimal. La imagen era casi cómica, pero la mujer estaba muriendo. Un niño con un garfio intentaba robarle un collar de dientes y conchas que colgaba de su cuello.

Lawson se apartó de Secombe para observar el saqueo del cuerpo de la mujer esquimal. Colérico, se quitó el reloj de la muñeca y lo arrojó contra la cabeza del niño; lo alcanzó en la oreja.

—¡Largo de aquí, pequeño chacal!

La mujer de mejillas sonrosadas que había estado mirando a Lawson se apresuró a dar una patada en el trasero del niño del garfio y lo hizo a un lado. Recogió el reloj caído, lo escondió entre sus ropas y regresó al oscuro interior del café desde cuya puerta había estado escuchando.

—Con este clima, con este ambiente, un esquimal está condenado —dijo Dai Secombe a Lawson—. Es algo tan psicológico y emocional como físico. Debe haber unos pocos más que ya habrán muerto por razones similares. No hay mucho que podamos hacer, amigo.

Lawson se volvió hacia el galés con una mezcla de aversión y desdén. ¿Cómo había podido este tipo, a lo largo de tres o cuatro horas, llegar a comentar tan insensiblemente las muertes de los demás? ¿Simplemente porque el cielo era todavía azul y los edificios de otra época seguían en pie?

—Ha perdido el reloj de una manera inútil, Lawson—dijo Secombe.

—¿Cómo diablos vino esa pobre mujer aquí?—demandó Lawson, abarcando con un gesto la ciudad entera—. ¿Cómo diablos vinimos todos nosotros?—El hedor de las heridas abiertas y las primeras secuelas de descomposición se burlaron de su ardor.

—Buenas preguntas—respondió el galés, tomándole del brazo y conduciéndole fuera de la Calle de las Sierpes—. Es una pena que yo no pueda contestarlas.

Esa noche, comieron juntos pescado frito y bebieron cerveza en un pequeño y sucio apartamento sobre una tienda cuyas cajas de cristal abiertas estaban llenas de preservativos de látex. Habían conseguido el pescado en una pescadería voluntariamente atendida por hombres y mujeres de origen griego y yugoeslavo, gente que había regentado tiendas similares en sus respectivos países. Obtuvieron la cerveza en uno de los bares de la Calle de las Sierpes. Tanto el pescado como la cerveza estaban a temperatura ambiente, pero no sabían peor por eso.

Con la caída de la tarde, el llanto que durante el día había degenerado hasta ser un gemido empezó a reverberar de nuevo con su carga de pesadumbre. Lawson pensó que si el sonido no era tan fuerte como lo había sido durante la mañana se debía posiblemente a que había menos gente en la ciudad. Muchos hombres habían muerto, y otros muchos más, inconscientes de las distancias, habían emprendido el camino de regreso a sus patrias.

Lawson masticaba un trozo de adobo y lo ayudaba a pasar con un sorbo de la vagamente amarga cerveza Cruzcampo.

—¿No es curioso?—dijo Secombe, depositando sus colillas en las baldosas del alféizar de una de las ventanas—. Cenar encima de una sex-shop. Y este es un país católico.

—Yo era baptista—dijo Lawson, advirtiendo por primera vez que su confesión no era un hecho certificado.

—Oh—dijo Secombe de inmediato—. Entonces supongo que puede tomar todos los condones que quiera.

—Claro. Por docenas. Para utilizarlos en cualquier motel de las afueras.

—Lo siento—se excusó Secombe.

Comieron en silencio durante un rato. Lawson tenía la espalda apoyada en una fría pared de yeso; apoyó también la cabeza contra ella y dejó escapar un profundo suspiro. Entonces, sosteniendo el sonido, gimió de nuevo, añadiendo su propio pesar a la cacofónica armonía que flotaba sobre la ciudad. No era diferente de los otros desconsolados que compartían su dolor concentrándolo en el de todos.

—¿Qué hacía usted... en Lynchburg?—preguntó de pronto Secombe.

—Papeleo para la Administración de Veteranos. Viajaba a cuatro colegios diferentes en la zona resolviendo los problemas de la gente a punto de entrar en filas. Trataba de ser su... Dios mío. Secombe, ¿a quién le importa? He perdido a mi esposa. Temo que mis dos hijas hayan muerto.

—¿Karen y Anna?

—Tienen tres y cuatro años. Les he enseñado a jugar al ajedrez. Karen es lo bastante buena como para ganarme de vez en cuando si le ofrezco mi reina. Anna conoce los movimientos, pero no tiene la paciencia de su hermana. Sólo tiene tres años, ya sabe. Sí. A veces arroja las piezas del tablero y cruza los brazos, y nos cuesta Dios y ayuda recuperarlas todas. Hay peones debajo del sofá, caballos boca arriba en la alfombra...—Lawson se detuvo.

—Ella los iguala—dijo Secombe—. Todos nosotros hemos sido igualados. El caballo no vale más que el peón, ni el rey es más importante que el alfil.

Lawson pudo haber dicho que el galés estaba tratando de distraerlo de su dolor, pero añadió la metáfora:

—No creo que hayamos sido "nivelados", Secombe.

—Claro que lo hemos sido. Adivine a quién vi esta mañana cerca de la catedral, a poco de despertarme.

—Sólo Dios sabe.

—Dios y Dai Secombe, amigo. Vi al dictador marxista de... Oh, ya sabe, ese pequeño país africano donde hace poco han dado un golpe de estado. Reconocí al bastardo por los reportajes que dieron en televisión sobre las purgas internas a que había sometido al país. Bueno, pues allí estaba, con un bañador blanco y una camiseta mugrienta. Aterrorizado, Lawson, tan insignificante como usted o como yo. Había sido "nivelado". Mejor que lo crea así.

—Me pregunto si estará vivo esta noche.

Los ojos del galés fluctuaron con una repentina perspicacia. Extendió el cono gris de papel de periódico de la pescadería.

—¿Otra rodaja de pescado? Vamos, sólo queda una.

—Ser nivelado, Secombe, significa ser puesto a la par con los demás. Su dictador, incluso privado de su rango, es un hombre adulto. ¿Qué hay de los niños? ¿Los recién nacidos y los adolescentes? ¿Y qué hay de la gente como esa mujer esquimal que no ha tenido siquiera una oportunidad en un entorno desconocido, incluso si sus habitantes no parecen hostiles? Esta mañana vi a un hombre machacarse los sesos contra una piedra porque echó una ojeada alrededor y vio que no tenía nada que hacer aquí. Quizás pensó que estaba en el infierno, Secombe. No lo sé. Pero su oportunidad de sobrevivir no es exactamente como la nuestra.

—Sabía que no podría adaptarse.

—Claro que no podía adaptarse. ¡No me venga entonces con esa mierda sobre la nivelación!

Secombe dio la vuelta al cono de papel y recogió el último pedazo de pescado.

—Me lo voy a comer yo, si no le importa.—Así lo hizo. Mientras masticaba, comentó—: No creí que los baptistas de Virginia fueran tan mal hablados. Tsk, tsk. Eso echa por tierra todas mis preconcepciones.

—He perdido los nervios.

—¿No los hemos perdido todos?

Lawson tomó un sorbo final de cerveza caliente. Entonces, arrojó la botella. Fragmentos de cristal ámbar se esparcieron por todas partes.

—¡Dios! —lloró—. ¡Dios, Dios, Dios! —Sollozando, no era diferente de las tres cuartas partes de los nuevos habitantes de Sevilla. ¿Por qué, entonces, mientras moqueaba, lanzaba esas miradas culpables y amenazadoras al galés?

—Continúe.—Le consoló Secombe, arrugando el cono de papel—. Yo también siento lo mismo.

Por la mañana, una extravagante mujer de unos cuarenta y cinco años se les acercó en el callejón fuera de la tienda. Llevaba una pistola militar en una cartuchera de cuero prendida de su falda. Lawson advirtió rápidamente que su aspecto vivaracho estaba en función de su apariencia y sus movimientos: Sus ojos eran tan torvos y asustados como los de cualquier otro. Pero, tan pronto como salieron de la tienda, la mujer se les aproximó sin temor, saludando a Secombe como si fueran viejos amigos.

—Nos dejó usted ayer, señor Secombe. ¿Por qué?

—Vi que todo se disolvía en pequeños grupos organizados.

—¿Se disolvía? Se unía, querrá usted decir.

Secombe sonrió resignado. Presentó la mujer a Lawson como la señora Alexander.

—Ella es una de los suyos, Lawson. Viene de Wyoming, o de algún otro lugar por el estilo. La encontré fuera de la catedral ayer por la mañana, cuando los primeros muecines autoproclamados empezaban a llamar la atención de los de su propia lengua. No tenía una pistola entonces.

—La cogí en uno de los puestos de la Guardia Civil—dijo la señora Alexander—. Y déjeme decirle que me siento mucho mejor con ella.—Miró a Lawson—. ¿Está usted en las Fuerzas Aéreas?

—Ya no. Me desperté con estas ropas.

—Mi marido está en las Fuerzas Aéreas. O estaba. Nos habían destinado a Warren, en Cheyenne. En realidad, yo soy de Nueva York. Y estas son las ropas con las que me desperté.—Una falda de montar, una blusa y zapatos bajos de suela de goma—. Creo que ellos intentaron darnos las ropas más útiles entre las que teníamos en nuestros armarios, pero han tenido más éxito en unos casos que en otros.

—¿ Ellos ? —Preguntó Secombe.

—Quienquiera que hizo esto. Es sólo una manera de hablar.

—¿Qué es lo que quiere?—Preguntó Secombe. La brusquedad de su tono sorprendió a Lawson.

—La palabra adecuada es Exportadora.—Replicó ella con una sonrisa—. Estamos tratando de llevar a cuantos hablen inglés a Exportadora. Allí es donde está localizado el centro comercial para los técnicos americanos y sus familias, justo a la salida de una de las principales avenidas, al sur de aquí.

En un trozo de papel, la señora Alexander garabateó un tosco mapa y explicó que su esposo había estado destinado en Zaragoza, al norte de España. Ayer, ella recordó que Sevilla era una de las cuatro ciudades españolas que mantenía una presencia militar americana. Con persistencia y un poco de suerte, un par de DPs angloparlantes (la abreviatura era da la propia señora Alexander), había descubierto el lugar de la administración militar americana antes del anochecer. Cuando llegaron, una imposible mezcla de extraños saqueaba el lugar, muy ocupados en sacar las mercancías del viejo edificio. Pero los desposeídos de la señora Alexander desalojaron a los saqueadores simplemente acelerando el motor de su taxi y tocando el claxon como para anunciar el Armageddon. En menos de diez minutos, el pequeño enclave americano se había vaciado de gente. Después de eso, al conocer todos los DPs de habla inglesa de la ciudad la existencia de Exportadora y encaminarse hacia allí, el lugar había empezado a llenarse de nuevo.

—¿Hay una base aérea en Sevilla?—Preguntó Lawson.

—No, no realmente. La base en sí misma está cerca de Morón de la Frontera, como a unas treinta millas de aquí, pero es en Sevilla donde está la acción real.

Tras una breve pausa, elevando las cejas, se corrigió.

—Estaba.

Confió el mapa a las manos de Secombe.

—Aquí. Vayan a Exportadora. Yo buscaré alguno más de los nuestros. Ustedes son los primeros que encuentro esta mañana. Hay otros que también están buscando. Quizás las cosas pronto empiecen a adquirir sentido.

Secombe sacudió la cabeza.

—Nosotros, ellos. No hay nadie ahora que no sea un desposeído, un "DP", ya sabe. Esto de reagruparnos sobre la base de afiliaciones culturales ya gastadas me parece un error. No me gusta.

—Pero usted se ha aliado con el señor Lawson, ¿no?

—Por casualidad, se lo aseguro. Parecía perdido. Además, uno ha de tener compañía de alguna clase, especialmente cuando va a parar a un lugar extraño.

—Exacto. Esa es la razón de que queramos reunirnos en Exportadora.

—Es un error, señora Alexander.

—¿Por qué?

—Por la misma razón que sus misteriosos "ellos" decidieron empezar por desplazarnos, supongo. Esa es mi impresión.

—Los antiguos vínculos culturales son una garantía de estabilidad—dijo la señora Alexander, muy seria. Mientras hablaba, Lawson tomó el mapa de las manos de Secombe—. Este caos que nos rodea no desaparecerá hasta que la gente no se establezca en grupos homogéneos. Es un proceso natural. Empezar desde cero. Mire, caminando junto al río esta mañana, vi a un puñado de personas de igual habla enterrando a los muertos de ayer. Las iglesias y las capillas de la ciudad han comenzado a llenarse también.

Todavía, en habitaciones solitarias, pueden oírse llantos de miedo y desconsolación, por supuesto, pero esto no durará siempre. Establecerán sus contactos o morirán. Yo no soy de los que desean morir, señor Secombe.

—¿Quién desea eso?—Intervino Lawson, asombrado por el torbellino metafísico de este cambio y por la irracionalidad de Secombe. Aunque la señora Alexander tenía razón, no tenía que defender su postura tan largamente. El mapa era la contribución más importante para el retorno del orden en sus vidas, y Lawson la necesitaba para que le dejase utilizarlo.

—Venga, Secombe—dijo—. Vamos a Exportadora. Es posiblemente la única posibilidad que tenemos de llegar a casa.

—No creo que haya ninguna posibilidad de regresar, Lawson. Ninguna.

Notando que la mujer iba a preguntar al galés por qué, Lawson se giró y dio varios paseos por el callejón.

—Vamos, Secombe. Tenemos que intentarlo. ¿Qué demonios puede hacer solo en esta ciudad cabeza abajo?

—Buscar a alguien con quien hablar, supongo.

Pero un momento después Secombe estuvo al lado de Lawson ayudándole a descifrar la confusa geometría del mapa de la señora Alexander. La propia mujer, antes de regresar a la calle de las Sierpes en busca de más de los suyos, los llamó.

—Sólo les llevará veinte minutos o así caminando. Les veré más tarde. Buena suerte.

Mientras echaban a andar, pasaron junto a una chiquilla de piel blanca que yacía a la entrada de un callejón adyacente a un patio poblado por una manada de perros vagabundos. La cabeza de la niña estaba cubierta por un abrigo, pero parecía estar respirando. Lawson ni siquiera sintió la tentación de examinarla más de cerca. Mantuvo los ojos fijos en el mapa.

El puesto de periódicos del pequeño enclave americano no había sido saqueado. Al segundo día de estancia de Lawson en Exportadora, todavía contenía libros de bolsillo y las revistas de noticias y curiosidades más recientes, incluyendo el diario militar "Barras y Estrellas". Nadie sabía lo atrasadas que podían ser estas publicaciones, porque todos ignoraban cuánto tiempo había durado la redistribución de la población a lo largo del mundo. ¿Cuánto había dormido cada uno? ¿Y qué decir de las diferencias horarias entre un lugar y otro o las distintas horas de sueño a las que estaban acostumbradas las gentes de las mismas zonas? Estas cuestiones parecían ahora bizantinas, porque quienquiera que los había transferido había acompasado también, aparentemente, a cada ser humano de la Tierra.

Mientras pasaba vagamente las páginas de un ejemplar de "Barras y Estrellas", Lawson encontró un artículo sobre la problemática de los hospitales militares. Se preguntó cuántos enfermos en todo el mundo se habían despertado condenados a una muerte inmediata porque no tenían a mano el cuidado que requerían. El olor del tabaco de mascar convertía a la librería en un lugar agradable desde el que contemplar estos horrores. Incluso mientras su consciencia divagaba y un contingente de impacientes desposeídos le esperaba, Lawson continuaba repasando el periódico.

La rechoncha figura de Secombe apareció en el umbral.

—Creí que estaba buscando un mapa de carreteras.

—Ya lo he encontrado. Sólo estoy echando un vistazo a las noticias.

—Vamos. Los compañeros están listos para partir.

Reticente, Lawson le siguió al exterior, donde el árido sol andaluz rompía como una ola invisible contra el pavimento y la frágil carrocería del autobús de las Fuerzas Aéreas. Era una variedad del Bluebird. Lawson recordó el campamento de verano en la base de Eglin, en Florida, y los trayectos en autobús desde los barracones hasta los campos de entrenamiento y supervivencia cerca de los pantanos. Había pasado mucho tiempo, pero este Bluebird podía haber salido de una era todavía más distante. Se le veía tan tosco y frágil que parecía surgido de alguna línea directa con 1954 como si estuviera fabricado con latas torcidas en vez de acero. La gente que aguardaba en su interior había abierto las ventanillas. Muchos de los que estaban situados en el lado del conductor miraban a Lawson y Secombe aproximarse.

—¡Muevan el culo! —les gritó un hombre—. ¡Hay que hacer que sople un poco de viento a través de esta cosa antes de que todos padezcamos una insolación.

—Siga hablando—le advirtió Secombe—. Eso le hará bien.

En el autobús había un abigarrado montón de americanos, súbditos británicos y australianos; dos o tres europeos que hablaban inglés y un nativo de la India educado en Oxford completaban el lote. Lawson tomó asiento junto a una ventanilla, sobre la joroba de una de las ruedas traseras, y Secombe se apretujó a su lado. Unas pocas personas se presentaron; otras, perdidas en su embelesamiento, optaron por ignorarlos. Lo que más inquietaba a Lawson era la ausencia de niños. Aunque estaban divididos proporcionalmente en hombres y mujeres, no había en el grupo niños o niñas menores de doce o trece años.

Lawson desplegó el mapa de España que había encontrado en el puesto de periódicos y siguió con su dedo la ruta desde Sevilla hasta los enclaves americanos fuera de la ciudad, Santa Clara y San Pablo. Más al sur estaban Jerez y la ciudad portuaria de Cádiz. El corazón de Lawson se llenó de dudas: Los nombres resultaban todos tan extraños, tan formidables en lo que evocaban, y sentía esta empresa tan desesperada...

Hacia la mitad del autobús, una mujer negra sollozaba contra el borde de su blusa, y un hombre encaramado en el amplio asiento trasero, con las manos enlazadas tras las orejas, trataba de tocar sus rodillas con la cabeza. Lawson plegó el mapa y lo colocó en la abertura existente entre el asiento y la pared del vehículo.

—El común denominador aquí no es que todos nosotros hablemos inglés—dijo Secombe, en un cuchicheo—. Es lo que estamos sufriendo.

Guiado por uno de los exploradores originales de la señora Alexander, un médico de Ivanhoe, Nueva Gales del Sur, el Bluebird se estremecía y daba bandazos a un lado y a otro. En un momento dejó atrás Exportadora y se encaminó estrepitosamente por una de las anchas avenidas que le conducirían fuera de la ciudad.

—Y nuestro sufrimiento—continuó Secombe, aún cuchicheando—nos une a todos esos pobres diablos que desvarían por las calles y duermen boca abajo sobre sus propios vómitos. Usted sintió eso la otra noche en la tienda de los condones, Lawson. Sé que lo sintió, al hablar de sus hijas. ¿A qué se debe que vaya tan rápido a buscar lo que no espera encontrar? ¿Por qué está tan dispuesto a unirse a esta familia creada artificialmente de la catástrofe? ¿Cree realmente que va a encontrar un avión que le lleve a Lynchburg? ¿Cree que el pájaro que conduce esta lata de sardinas va a regresar alguna vez a Australia?

—Secombe...

—¿ Lo cree, Lawson ?

Lawson pasó una de sus manos sobre la rodilla del galés y la apretó.

—No estaría pinchándome de esta forma si tuviera una familia propia. ¿Qué demonios quiere que hagamos? ¿Quedarnos aquí para siempre ?

—No lo sé exactamente.—Quitó la mano de Lawson de su rodilla—. Pero tengo un padre, amigo, y sucede que le quería... Todo lo que sé cierto es que las cosas se suponen ahora distintas. No deberíamos precipitarnos para restaurar lo que ya tuvimos.

—Mierda— murmuró Lawson. Apoyó la cabeza contra la base de la ventanilla situada junto a él.

Desde el interior de la ciudad, llegaba el tenue ruido de unos disparos. El conductor del Bluebird, en respuesta a este sonido y como reacción a los carros y automóviles que habían sido emplazados en las calles como obstáculos, empezó a driblar y avanzar

en zigzag. El autobús retumbó alarmantemente. Rechinó al alcanzar una intersección sobre un puente de piedra, lo atravesó como si fuera algo vivo y se encaminó hacia un suburbio semiindustrial donde una factoría de envases de Coca Cola y una cerveza local levantaban anchos cartelones de competencia.

En lo alto de uno de los edificios, Lawson vio a un hombre con un rifle que hacía rápidos disparos a cualquiera que se pusiera a la vista. Varias personas yacían muertas alrededor.

Un momento después, el parabrisas del Bluebird quedó hecho añicos. Otra bala rebotó en su flanco y todos en el autobús empezaron a gritar o a llorar. Cuando Lawson levantó los ojos, el parabrisas parecía haberse convertido en una intrincada tela de araña.

El Bluebird derrapó sin control, pero el médico de Ivanhoe pudo enderezarlo y lo condujo con considerable habilidad hasta la carretera de San Pablo. Una vez en ella, el autobús moderó la marcha en una tranquila travesía que hizo que este incidente final en Sevilla (excepto por la evidencia del parabrisas roto) pareciera el rescoldo de una pesadilla. Quizás, finalmente, estaban en el camino correcto.

—Otra buena razón para tratar de volver a casa—dijo Lawson.

—¿Qué le hace pensar que allí las cosas van a ser distintas?

—Creí que pensaba que este cambio era alguna especie de perfeccionamiento.

—Quizás lo sea. Finalmente.

Lawson hizo un gesto de despedida y se volvió a contemplar el campo de olivos que se extendía a su izquierda. ¿Quién recogería la cosecha? ¿Quién pondría otra vez en funcionamiento las fábricas, las destilerías, las plantas químicas y textiles? ¿Quién atendería aquel grano sembrado en los campos vacíos?

Tal vez Secombe tenía razón. Tal vez, cuando escapabas hacia tu casa, escapabas de la realidad que te rodeaba. Los efectos de la llegada de esta nueva realidad no iban a desaparecer muy pronto, no importaba lo que hicieras. Pero tratar de restablecer el orden anterior crearía probablemente un modelo más aceptable que aceptar este caos y trabajar para conducirlo. Sin embargo, ¿cómo podía desenvolverse mejor en él? Quizás tratando de volver a casa...

Lawson sacudió la cabeza y pensó en Marlena, en Karen, en Anna. Pensó en la distante y brumosa cuna del Blue Ridge. Señor.

Resultaba más fácil adaptarse a aquel paisaje que a la áspera tristeza de este valle andaluz. Si te quedas aquí, se dijo Lawson, el dolor no se irá nunca.

Dejaron atrás Santa Clara, una zona residencial para los oficiales americanos que habían sido destinados en Morón. Con sus vallados perfectamente parejos, sus altas farolas de aluminio y sus casitas bajas provistas de garaje, Santa Clara recordaba a un barrio de clase media en el extrarradio de Nueva Jersey u Ohio. Sin embargo, una humareda negra se elevaba sobre el área, y la gente de las calles y los jardines de césped no eran definitivamente americanos: Eran boers trasplantados, nativos amazónicos, polacos, etíopes, sólo Dios sabía qué. Cuanto Lawson podía deducir era que unos pocos de esta gente se habían trasladado a las casas vacantes (tal vez se habían despertado en ellas), y que otros habían encendido hogueras alrededor de la vecindad. Como no soplaba viento, estos fuegos ardían con una enloquecedora lentitud y falta de urgencia.

—Pequeña América—dijo Secombe en voz alta.

—Eso está en la Antártida—contestó Lawson con sarcasmo.

—Cierto. No importa donde se suponga que esté.

—Encima suyo.

Su punto de destino era ahora San Pablo, los americanos disponían de un hospital, una librería, cine, snack bar, comisaría y, conjuntamente con los españoles, un pequeño aeródromo militar y comercial. San Pablo estaba ya tan sólo a unas cuantas millas, y Lawson acarició la idea de un vuelo a Portugal. ¿Cuáles serían las posibilidades, suponiendo que llegase a Lisboa, de cruzar el Atlántico, bien por mar o por aire, y alcanzar una de las ciudades costeras de los Estados Unidos? ¿Una entre cien? ¿Entre mil? ¿Menos?

Un par de asientos detrás del conductor, un inglés de erizado bigote y una mujer americana con acento sureño discutían las ventajas de pasar de largo San Pablo y encaminarse hacia Gibraltar, una posesión británica. El inglés parecía estar convencido de que Gibraltar habría escapado al vuelco del que había sido víctima el resto del mundo, mientras que la americana pensaba que estaba loco. La conversación degeneró en un diálogo a gritos que envolvió a otros cinco o seis pasajeros más. Finalmente, con su paciencia al límite, el conductor del Bluebird colocó un codo sobre el claxon y lo mantuvo ahí hasta que todos se callaron.

—Iremos a San Pablo—anunció—. No a Gibraltar ni a ningún otro sitio. Habrá un avión esperándonos cuando lleguemos allí.

Había dos aviones aguardando, un par de remendados DC-7 que habían pertenecido alguna vez a la compañía aérea española conocida por Iberia. La señora Alexander había reclutado a uno de los pilotos de entre los desposeídos que habían alcanzado Exportadora; el otro, un veterano retirado de la TWA de Riverside, California, había llegado por sus propios medios al aeropuerto en virtud de unos tratos previos que había mantenido con Sevilla y las instalaciones militares americanas. Los dos hombres estaban encargados de llevar a los pasajeros a casa, una vía recalando en Lisboa y la otra usando Madrid como peldaño hacia las Islas Británicas. La esperanza era que pudieran trasladarse a otros aviones en los aeropuertos más cosmopolitas de estas ciudades, pero ninguno hablaba de los obstáculos reales a sortear que ya habían empezado a producirse: caos civil, demoras, comunicaciones inadecuadas, poca reserva de combustible, contratiempos mecánicos, duda, ignorancia y mil cosas más.

Al anochecer, Lawson permanecía junto a Secombe en la valla formada por eslabones de cadena unidos delante de la carretera de acceso a San Pablo, y contemplaba la luz de la tarde resplandeciendo sobre las alas de los DC-7. Bañados en un brillo mudo, los dos viejos aviones eran casi hermosos. Incluso aunque la señora Alexander les había informado de que tendrían que pasar la noche instalados en el cine, para que así el Bluebird pudiera hacer varios trayectos más a Exportadora, Lawson creía realmente que estaba ya camino de su casa.

—Adiós—le dijo Secombe.

—¿Adiós? Oh, ¿se refiere a que usted irá en el otro vuelo?

—No, le digo adiós porque me voy, Lawson. Ahora mismo.

—¿Dónde va?

—De vuelta a la ciudad.

—¿Con qué medio? ¿Para qué?

—Supongo que iré andando. Y la razón tiene algo que ver con que no quiero soliviantar a los misteriosos "ellos" de la señora Alexander. Además, quiero averiguar qué ha pasado con todos nosotros. Creo que Sevilla es el lugar adecuado.

—Entonces, ¿por qué ha venido hasta aquí?

—Para decirle adiós, maldito imbécil—sonrió Secombe; agarró la mano de Lawson, y la estrechó de todo corazón—, ya que no he podido hacer que cambiara de opinión.

Con esto, dio la vuelta y caminó junto a la cancela hasta que encontró la carretera más allá de las instalaciones de la comisaría. Lawson le vio desaparecer tras el complicado esistema de rampas de carga del edificio. Después de un rato, el galés reapareció al otro lado, pero, contra el vasto cielo español, su forma compacta y arqueada rápidamente se empequeñeció hasta convertirse en una mancha imperceptible. Una mancha en la oscuridad.

—Adiós—dijo Lawson.

Esa noche, empotrado en una silla, durmió con otras sesenta personas en el cine de San Pablo. Un quinceañero, a pesar de algunas protestas, se empeñó en mostrar todas las antiguas películas que había guardadas en cajas en la sala de proyección. Como resultado, Lawson se despertó una vez en la mitad de Apocalipsis Now y otra más hacia el final de La Mano Izquierda de la Oscuridad, de Stanley Kubrick. La blancura de la pantalla, abarcando todo su horizonte, le llenó de frío, removiendo algún resquicio sensitivo en su memoria.

—Pequeña América—murmuró. Volvió a dormirse.

 

Lawson, junto con los otros pasajeros destinados a Lisboa, permanecían de pie en la verja donde se había despedido de Secombe y observaba las vueltas color de plata de las hélices mientras se calentaban los motores del avión. El DC-7 que volaría a Madrid no partiría hasta más tarde, principalmente porque todavía quedaban varios asientos vacantes y la señora Alexander estaba segura de que aún podrían encontrar en la ciudad otros desposeídos que hablaran inglés.

Los que estaban en la verja junto a Lawson se movían ansiosamente y cuchicheaban entre ellos. Los motores de su avión salvador tronaban ensordecedoramente v la pista entera parecía temblar. Qué ojos más abrumados tenían las mujeres, pensó Lawson, y los hombres parecían delgados como raíles de tren. Acariciando su mandíbula, comprendió que él mismo no era más atractivo o bien alimentado que cualquiera de los que esperaban a su lado. Igual que ellos, Lawson esperaba impaciente la señal de embarcar, los pulgares levantados que indicarían que el avión había pasado sus últimos tests rudimentarios.

Al menos, se consoló, no estás comiendo patatas fritas a las diez y media de la mañana. Disgustado, dio la espalda a un hombre de orejas saltonas que estaba justamente haciendo eso.

—Hay más gente aquí de la que nuestro avión puede transportar—dijo el comedor de patatas fritas—. Eso podría ser peligroso.

—Pero no estamos tan lejos de Lisboa, ¿no?—replicó una mujer—. Y ninguno de nosotros tiene equipaje.

—Sí, pero... —El hombre se atragantó con una patata, tosió,

intentó hablar de nuevo. Mirando deliberadamente hacia otro lado, Lawson pensó que las palabras del hombre sólo adquirirían elocuencia si se presentara voluntario para viajar en el compartimento de equipajes del DC-7.

La señal para subir a bordo se produjo finalmente, y el hombre de las orejas saltonas no tuvo oprtunidad de terminar sus observaciones. Arrojó al suelo el paquete de celofán, y Lawson oyó cómo era aplastado por las pisadas de la gente que se apiñaba para atravesar la verja de entrada a la pista.

Con la intención de fijar San Pablo en su memoria, Lawson dio media vuelta y retrocedió cruzando el campo. Vio que, custodiando la parte trasera, había cuatro hombres provistos de armas automáticas, armas obtenidas de las instalaciones de la estación de policía. Estos hombres, al igual que Lawson, hacían el camino de vuelta, pero mantenían los ojos y las armas fijos en la extraña banda de gente que acababa de aparecer, surgida de ninguna parte, alrededor de la valla del aeródomo.

Uno de este nuevo grupo no llevaba puesto encima más que unos andrajosos shorts; otro, un albornoz hasta los tobillos; un tercero, un par de pantalones sujetos con una cuerda. Había también una muchacha de ojos de gacela con el torso desnudo y un anillo de brillante coral en su muñeca. Pero había otros más, también, y todos parecían haber sido convocados por el rugido del motor del avión. Se movían a lo largo de la valla como espectros desposeídos. Mientras los primeros miembros del grupo de Lawson subían al aparato, todavía más aparecieron. Eran una amalgama de nómadas, cazadores, peones, pescadores, gente agrupada en un rebaño. Aparentemente, todos comprendían para qué servía un avión. Un hombre de tez oscura se aventuró en la pista implorando con los brazos en alto.

—¿Dónde van?—gritó—. ¿Dónde van?

—¡No hay más espacio!—respondió un hombre vestido con un blue-jean que portaba una ametralladora—. ¡Vuelva atrás! ¡Tendrá que esperar otro vuelo!

Oh, seguro, pensó Lawson, el de Madrid. Estaba al pie de la escalerilla del avión. El hombre de grandes orejas que había estado comiendo patatas fritas le espetó bruscamente:

—¡Mejor que suba —gritó por encima del fuerte bramido de los motores del aparato—, antes de que tengamos compañía indeseable pisándonos los talones!

—Después de usted —Lawson se hizo a un lado.

Detrás del hombre cetrino que importunaba a los guardias armados buscando un sitio en el avión, gritaban treinta o cuarenta personas más; su único parecido real era su deseo de salir de allí.

—¿Dónde van? ¿Dónde van?—chillaban los más valientes o los más desesperados, pero todos querían subir al avión del que se habían apropiado los encargados de la señora Alexander. La mayoría de ellos podían ver que era demasiado tarde para cumplir su propósito sin alguna clase de riesgo. El hombre que había estado gritando en inglés, junto con otros tres o cuatro, trotó como un perro hacia el avión. Aunque sus gritos continuaban siendo suplicantes, Lawson advirtió que los guardias se creían ahora bajo

un ataque directo.

Un estallido de fuego a discreción sonó por encima del campo y produjo un eco como de lluvia tamborileando sobre un tejado de zinc. El hombre que había estado gritando cayó de bruces. Otros ]o hicieron junto a él, incluyendo a la mujer del brazalete de coral. Movido por el pánico, o enardecido por esta evidencia de la vulnerabilidad de sus asaltantes, uno de los guardias disparó una andanada contra la verja, derribando a algunos de los que ya habían empezado a retirarse y lloriqueaban por los gritos de dolor y el incongruente y penoso sonido de las detonaciones. Entonces, misteriosamente, volvió la tranquilidad.

—¡Suba a ese avión! —gritó uno de los guardias a Lawson. Era el único pasajero que todavía quedaba en tierra, y todos le querían dentro del avión para poder retirar de una vez la escalerilla.

—Creo que no—se dijo Lawson.

Corrió hacia la verja y el crudo mandala de cuerpos que la bloqueaban parcialmente. La matanza de la que acababa de ser testigo le había sacudido como un eco abismal de la historia reciente, y él no quería pertenecer a esa historia. Más allá, el avión era el símbolo de una carga que él no quería soportar nunca más, aunque pareciera representar la promesa de un pasaje a casa.

—¡Eh! ¿Dónde demonios cree que va?

Lawson no contestó. Anduvo con precaución entre los cadáveres esparcidos a los lados de la pista, se detuvo más allá de la verja y, con los ojos nublados por una indignada y punzante turbación, se volvió a contemplar el DC-7. En la línea que marcaba el final del campo, el avión inició una vuelta y empezó a recorrer el camino que ya había hecho. Pronto rechinó como un colosal dragón metálico, adquiriendo velocidad. Cuando se elevó del suelo, sus neumáticos chirriaban con las últimas series de explosiones antes de despegar. Lawson contuvo la respiración.

El ala derecha del avión se inclinó, volvió a inclinarse, golpeó el suelo, y se desgajó como un pedazo de madera de balsa; se astilló en un montón de esquirlas brillantes. Después, el avión empezó a botar, a girar a lo largo del camino de grava, en dirección al desolado campo abierto, donde su carcasa y el ala restante se vieron súbitamente envueltas en llamas. Podías oír a la gente achicharrándose en ese infierno; podías oler la gasolina y la carne quemada.

—Jesús—murmuró Lawson.

Se descolgó de la verja del aeropuerto, corrió a través del campito de hierba más allá de la biblioteca de San Pablo, y se unió a un grupo de aquellos que acababan de escapar al fuego de las armas automáticas de los guardianes. Los encontró en la carretera de vuelta a Sevilla, y caminó entre ellos como uno más. Aunque algunos miraron con suspicacia sus pantalones 1505, ninguno objetó que no era de los suyos, y nadie amenazó con cortarle el cuello.

Tan desmañado e indescriptible como la mayoría de sus compañeros, Lawson miraba sus zapatillas de tenis avanzando sobre el pavimento como los pies de un juguete mecánico. Se preguntó qué iba a hacer de vuelta en Sevilla. Esquivar las balas y comer pescado frito, si tenía suerte. Hablar con Secombe otra vez, si es que podía encontrarlo. Y, si tenía algún sentido, tratar de organizar su vida en torno a algún otro propósito que el insano y deseesperanzado de regresar a Lynchburg. ¿Qué propósito, sin embargo? ¿Qué propósito aparte del básico propósito animal de permanecer con vida?

—¿Alguno de ustedes tiene hambre?—preguntó.

Los otros le miraron con curiosidad

—Hambre—repitió—. ¿Tienen hambre?

¿Inglés? ¿Español? Ninguno funcionaba. ¿Qué idiomas tenían estos refugiados de un enigma? Parecía como si todos hubieran intentado hablar antes y comprobado el hecho imposible, porque moviéndose a lo largo del asfalto bajo el caliente sol andaluz, usaban para expresarse gestos y sonidos fácilmente interpretables.

Advirtiéndolo, Lawson se llevó a la boca los dedos de la mano derecha y chasqueó los dientes como si masticara.

Esta vez fue entendido. Un hombre descalzo y delgado vestido con una ancha camisa de lino y pantalones le guió fuera de la carretera, hacia un campo de naranjos. La fruta no estaba aún completamente madura, y sabía amarga por esto, pero doce o trece personas del grupo comieron, dejando que el jugo corriera por sus brazos. Cuando reemprendieron el viaje a Sevilla, la mente de Lawson estaba saciada casi por completo. La única cosa que le perturbaba ahora era el temor de no saber qué hacer cuando llegara. Nunca supo si el otro vuelo planeado, el de Madrid, había llegado felizmente a su destino, pero esto le parecía poco importante Se limpió la boca y continuó caminando.

 

Vivía en lo alto de la tienda de anticonceptivos. Por las mañanas, atravesaba el callejón hasta la panadería que había tomado bajo su cargo una mujer de suaves rasgos mongoles. A cambio de una ración diaria de pan y un porcentaje de los beneficios acumulados en el comercio de éste, Lawson barría el suelo, lavaba los utensilios que se ensuciaban cada día y atendía al mostrador. Su habilidad más reconocida, sin embargo, era la de comunicarse con aquellos que acudían a comprar algo. Manejaba un imposible puñado de distintas variedades del lenguaje de signos, y en ocasiones se encontraba hablando una jerga de monosílabos cuyo origen era un completo misterio. A veces pensaba que la había inventado él mismo; otras, creía haberla aprendido de los sevillanos trasplantados entre los que vivían ahora.

El idioma inglés, en cambio, parecía esfumarse gota a gota de su mente como un delgado fluido imperceptible.

Para entonces, las tres o cuatro semanas de caos que siguieron al Cambio habían enderezado su curso, una circunstancia que sorprendía a Lawson. Ahora podías yacer por la noche en tu jergón sin oír disparos o temer que algún vagabundo nocturno fuera a incendiar tu vivienda. La mayoría de los servicios esenciales de la ciudad (electricidad, agua, alcantarillado), funcionaban otra vez, aunque de manera insegura, y los productos agrícolas empezaban a llegar de los alrededores. La gente había vuelto a hacer lo que mejor sabía, mientras que aquellos cuyos trabajos anteriores podían ofrecer poca cosa al sistema básico de supervivencia día-a-día eran ahora aprendices de albañiles, carpinteros, panaderos, pescadores y técnicos. Nadie parecía encontrar perturbador o antinatural que los hombres y mujeres eligieran vivir separadamente y que los niños fueran escasos como zafiros. Un nuevo modelo de sociedad se había establecido. Vivías entre tus conocidos sin tensiones o querellas, y no creabas relaciones íntimas peligrosas.

Una noche, mientras estaba asomado a la ventana, la rodilla de Lawson golpeó una baldosa floja en el muro. Removió el azulejo y lo colocó en el suelo. Cada noche, durante los dos meses siguientes, desprendía al menos una baldosa y, con cuidado para no rayarlas ni romperlas, las apilaba en una pared interior junto con aquellas que ya había extraído.

Después de completar su tarea, mientras yacía en su jergón, oía frecuentemente a un hombre o a una mujer que cantaba en voz alta, en algún lugar de la ciudad, una dulce canción cuyas palabras no tenían significado para él. Algunas veces, un par de voces se respondían mutuamente, siempre en lenguas distintas. Hacia el final del verano, mientras contemplaba los listones y las vigas de las paredes que había expuesto metódicamente, Lawson se sintió impulsado a cantar una melancólica letanía propia. Y la cantó sin saber su significado.

Los días se hicieron más fríos. Lawson solía cerrar la panadería durante el cierre del mediodía y se acercaba, cruzando la Calle de las Sierpes, a una bodega cerca de la plaza de toros. Un grupo de silenciosos peones, que trabajaban con bastante determinación a pesar de que no tenían ningún patrón aparente, estaban desmantelando el coso. A Lawson le gustaba verlos mientras bebía vino y comía las barras de pan que llevaba consigo.

Otros grupos a lo largo de la ciudad derribaban cuidadosamente los edificios gubernamentales, los bancos y las capillas de barrio que ya no se frecuentaban, preservando los ladrillos, las baldosas y las vigas como si tuvieran la esperanza de utilizarlas en alguna construcción futura de carácter específico. Para entonces, el propio Lawson había derribado la pared posterior de su habitación y sentía una fuerte identificación con los trabajadores que se afanaban en despojar a la plaza de sus barandas y barricadas. Finalmente, desde luego, todo tendría que ser derribado. Todo.

Vino la época de las lluvias, el viento, el frío. Lawson continuaba visitando el café cerca de las ruinas del coso taurino. Como la destrucción de la plaza continuaba incluso con este mal tiempo, llevaba un impermeable recién adquirido y se apostaba en una mesa resguardada bajo el toldillo de la bodega. Era en este sitio donde acostumbraba a sentarse.

Un día particularmente borrascoso en que llovía a cántaros, Lawson estaba sacudiendo su paraguas cuando se encontró con que había otro hombre sentado frente a él. Sobre la mesa había un tablero de juego de alguna clase, dividido en pequeño recuadros blancos y negros.

—Hola, Lawson—dijo el intruso.

Lawson parpadeó y lamió sus labios pensativamente. Aunque hacía tiempo que no conservaba en mente su familia y ahora se preguntaba si había estado realmente casado alguna vez y había sido padre de dos niñas, la cara de Dai Secombe se le había aparecido ocasionalmente en la oscuridad de su habitación. Pero ahora no podía recordar el nombre del galés, ni su personalidad, y no tenía idea de qué decirle. Las primeras palabras que articuló, por consiguiente sonaron como una confusa jerigonza, como una voz reproducida en un fonógrafo. Para decir hola se vio a la indignidad, casi cómica, de hacer un movimiento infantil con la mano.

Secombe, señalando el tablero, indicó que jugaran. Extrajo las piezas de una caja de madera tallada con un forro de terciopelo y las fue colocando sobre la mesa. Luego, las dispuso a ambos lados del tablero. Ajedrez, pensó Lawson vagamente, pero realmente no reconocía las piezas. Parecían diferentes de cómo creía que debían ser. La pieza que más le recordaba el caballo se movía de acuerdo con dos criterios distintos, dependiendo de si empezaba en una casilla blanca o en una negra; las "torres", en cambio, podían saltar a veces por encima de las piezas del oponente. El juego hizo vacilar el raciocinio de Lawson. Después de diez o doce movimientos, retiró la silla y tomó un largo trago de vino agridulce. La lluvia continuaba cayendo como una interminable cortina de cuentas de rosario.

—Está bien—dijo Secombe—. No lo acabo de comprender del todo. Un amigo butanés cerca de donde vivo hizo las piezas, ya ve, y hace poco me enseñó a jugar.

Con dificultad, Lawson trató de formular una pregunta.

—¿En qué trabaja ahora?

—Estoy en la demolición. Como estaremos todos muy pronto. Es la única ocupación realmente constructiva.—El galés cloqueó suavemente, terminó su vino y se levantó. Al alzar el paraguas, dijo adiós a Lawson con una palabra que, cuando éste trató de repetir y asimilar intelectualmente, no tuvo ningún significado.

Cada tarde de aquel lúgubre y lluvioso invierno, Lawson regresó a la misma mesa, pero Secombe no se dejó ver por allí nunca más. Lawson tampoco lo sintió mucho. Se había acostumbrado a la extraña riqueza de su propia compañía. Si quería hablar con la gente, todo lo que necesitaba era quedarse tras el mostrador de la panadería.

La primavera volvió. Todas las paredes interiores de su habitación habían sido derribadas, y le resultaba divertido poder ver la taza del lavabo mientras subía las escaleras de la tienda de anticonceptivos.

La argamasa que había martilleado nunca sería útil a nadie, por supuesto, pero había salvado de los escombros aquello que merecía la pena. Con la vuelta del buen tiempo, llegaron a la ciudad hombres en carros de bueyes para recoger este tipo de cosas. No se veía a nadie que intentara conducir un vehículo motorizado, posiblemente porque, tras el invierno, la mayoría habían sido retirados. La escasez de gasolina y la falta de piezas de recambio podían haber sido otros factores, pero, en verdad, la gente parecía no querer mezclarse con los motores de combustión interna. El fin de la polución y el ruido no tenía tampoco nada que ver. La gente con estiércol en los zapatos y frente hundida no estaba muy convencida de que aquello supusiera una gran mejora en el medio ambiente, y el traqueteo de los carros de madera y el resonar de las ruedas sobre el asfalto derruido podía ser tan ensordecedor como los zumbidos y el bramido del tráfico motorizado. Sin embargo, a Lawson le agradaba escuchar a los carros de bueyes en su callejón. Más de una vez, llamado por el ruido, había ayudado a sus conductores a cargarlos con útiles de albañilería, puertas, marcos de ventanas e incluso con mantones bordados.

En la panadería, la mujer mongol con la que Lawson trabajaba desde hacía ya casi un año, tomó el mango de su escoba y le confió su nombre. Hablando el extraño dialecto monosilábico que casi todos en Sevilla habían aprendido, ella le pidió que la llamase Tij. Lawson no sabía si ese era su nombre antes del Cambio o si acababa de inventárselo. Complacido de cualquier forma, respondió confesándole su nombre propio. Titubeó al decirlo, y cuando Tij encontró también problemas para pronunciarlo, rieron juntos la torpeza de sus lenguas.

Una semana más tarde, él se trasladó al lugar donde Tij vivía. Dormían en la misma "habitación", tres plantas encima de un patio lleno de basuras amontonadas. Como todas las paredes habían sido echadas abajo, Lawson sentía frecuentemente que estaba viviendo en una barraca al aire libre. La gente deambulaba sobre su jergón para llegar a la escalera y se vestía delante de él como si no estuviera allí. Tras un rápido estudio, emuló su casual conducta.

Y cuando el hielo de sus entrañas finalmente empezó a derretirse, se volvía en la oscuridad hacia Tij sin preocuparse en lo más mínimo de si era propio. Su apareamiento era invariablemente silencioso, y la descarga que Lawson experimentaba era siempre más serena que estremecedora. Después, con el olor de las basuras que impregnaban el edificio, Tij y él yacían uno al lado del otro como un par de larvas de abeja, mientras la luna proyectaba sombras sobre sus cuerpos desnudos.

Todos los días, después de que terminaran de hacer el pan y comerciaran con él, Tij y Lawson cerraban la tienda y daban largos paseos. Vagabundeaban frecuentemente entre los caminos vallados y las pequeñas verjas oxidadas al pie de la catedral. Desde estos caminos, tan abrumados estaban por los contrafuertes de piedra que ni siquiera podían ver la veleta de bronce que representaba la Fe en lo alto de la Giralda. Pero, tarde tras tarde, Lawson insistía en volver a aquel sitio, y al fin su persistencia y su sentido de la espera fueron recompensados por el sonido de los martillos golpeando sobre el mármol en cada una de las cinco enormes naves de la catedral. El y Tij, cogidos de la mano, entraron.

En el interior, hombres y mujeres trabajaban removiendo los tabiques del altar, las verjas de orfebrería, las pinturas al óleo, las ventanas de cristal coloreado, las reliquias religiosas. Una docena de carros de bueyes estaban aparcados bajo la bóveda de la catedral, y el eco de los martillos se repetía de una nave a otra, desde el suelo hasta el cavernoso techo. Los bueyes permanecían tan complacidos en su yugo que Lawson se preguntó si los conductores, de alguna forma, habrían conseguido volverles sordos. Tij se soltó de la mano de Lawson para cubrirse los oídos. El hizo lo mismo, pero no funcionó. Sólo podías quedarte en la catedral si aceptabas el ruido y resolvías ser partícipe de su destrucción. Mucha gente había tomado esta determinación. Eran un enjambre que se movía a través de las cámaras de piedra como una variedad espectacularmente eficiente de termitas.

Un hombre albino de una raza indeterminada, tan pálido como una termita él mismo, confió a Lawson su piqueta. Este descubrió sus oídos y tomó la herramienta por el mango. Tij, un momento después, encontró una palanca que colgaba precariamente en el flanco de uno de los carros. Juntos, cruzaron la nave por la que habían entrado y se detuvieron delante de un imponente mausoleo. Luchando contra la pobre luz de la catedral y la interferencia lingüística dentro de su cabeza, Lawson descifró la inscripción de la tumba.

—Cristóbal Colón está enterrado aquí —dijo.

Tij no le escuchó. Lawson hizo una señal indicando que éste era el lugar por donde empezarían. Tij asintió, haciendo ver que comprendía. Juntos, pensó Lawson, desmantelarían el mausoleo del descubridor del Nuevo Mundo y sacarían sus restos corruptos a la calle. Después de todos estos siglos, liberarían al hombre.

Entonces la estatua de bronce de la Fe en lo alto de la torre caería, y la torre misma vendría detrás. Después seguirían los contrafuertes, las galerías, las paredes; cada una de aquellas hermosas piedras corruptas.

Dolería destruir la catedral, y tomaría mucho, mucho tiempo. Pero, considerándolo todo, era la única opción con sentido de que disponían. Lawson levantó el pico.