E. F. Benson - El Cuarto en la Torre




     Es probable que todo aquel que fuera sobre todo un constante soñador, haya
     tenido al menos una experiencia de un evento o una secuencia de
     circunstancias que, luego de haber sido visionada en el sueño, se
     convirtiera en realidad en el mundo material. Pero, en mi opinión, no
     sería esto tan raro; más extraño sería si el cumplimiento no ocurriera
     inmediatamente, ya que nuestros sueños son, como regla, concernientes con
     gente que conocemos y lugares que nos son familiares, tales como los que
     estamos durante la vigilia. En verdad, estos sueños son casi siempre
     interrumpidos por algún incidente absurdo y fantástico, que los pone en
     una tapete de espera para su subsiguiente cumplimiento, pero en el mero
     cálculo de chances, parecería improbable que al menos un sueño imaginado
     por alguien que constantemente sueña, de manera ocasional se hiciese
     realidad.
     No hace mucho, sin embargo, experimenté el cumplimiento de un sueño que me
     pareció nada remarcable y no tener significancia psíquica alguna. Esta es
     la historia.
     Un cierto amigo mío, que vive en el extranjero, es tan afecto que me
     escribe casi cada quincena. Así, que cuando han pasado catorce o quince
     días desde la última vez que tuve noticias de él, mi mente, probablemente,
     tanto conciente como inconcientemente, está expectante de una carta de él.
     Una noche, durante la semana pasada, soñé que subía para vestirme para la
     cena y escuchaba, o creí escuchar, el golpe del cartero en la puerta de
     calle. Así que en vez de subir, bajé y me encontré con, entre la
     correspondencia, una de sus cartas. Aquí es donde lo fantástico entra a
     jugar, ya que al abrir su carta, encontré dentro el as de diamantes, y
     escrito con su letra característica: "Te lo envío para que lo custodies,
     ya que como tu sabes, corro un gran riesgo si guardo ases en Italia." A la
     noche siguiente, me estaba preparando para ir arriba y cambiarme, cuando
     escuché el típico golpe del cartero, e hice precisamente lo que en mi
     sueño. Por supuesto, entre otras cartas, estaba la de mi amigo. Solamente
     que la suya no contenía el as de diamantes. No tengo duda alguna sobre que
     yo esperaba, conciente o inconcientemente una carta de él, y esto me fue
     sugerido a través del sueño. Lo mismo que el hecho que mi amigo no hubiera
     escrito por espacio de dos semanas, me sugestionó a esperar su misiva.
     Pero no siempre es tan sencillo encontrar una explicación, y la siguiente
     historia no parece tener explicación posible. Me vino desde la oscuridad,
     y hacia la oscuridad se ha ido de vuelta.
     Toda mi vida he sido habitualmente un soñador: pocas fueron las noches,
     debo decir, que no propiciaron a la mañana siguiente haberme despertado
     con el recuerdo de alguna experiencia mental. Algunas veces, durante toda
     la noche, en apariencia, vivía una serie de apasionantes aventuras. Casi
     sin excepción, estas aventuras fueron placenteras, y a menudo meras
     trivialidades. La única excepción es el hecho que voy a narrar.
     Fue cuando tenía unos dieciseis años que comencé a tener cierto sueño.
     Comenzaba conmigo sentado a la puerta de una gran casa de ladrillos rojos,
     donde sabía que tenía que estar. El sirviente que me abrió la puerta, me
     dijo que el té sería servido en el jardín y me llevó a través de un
     vestíbulo de paneles oscuros, con una gran chimenea sobre un alegre césped
     en todo el alrededor. Había un pequeño grupo de personas en torno a la
     mesa del té; pero todos me eran por completo extraños, a excepción de uno,
     que era un ex compañero del colegio, llamado Jack Stone, que me pareció
     era el chico de la casa, y él me presentaba a sus madre y padre y a un par
     de hermanas. Recuerdo que yo estaba algo así como sorprendido por
     encontrarme en ese lugar, ya que al muchacho en cuestión apenas lo
     conocía, y me era desagradable; era más, él había abandonado la escuela
     hacia cosa de un año. Hacía bastante calor, y reinaba una intolerable
     opresión en el lugar. A un lateral del jardín había una pared de ladrillos
     rojos, con una puerta de hierro en su centro, fuera se veía un nogal. Nos
     sentamos a la sombra de la casa, frente a una hilera de largas ventanas,
     dentro de las que pude ver una mesa con un mantel, llena de objetos de
     plata y de cristal. Este jardín frente a la casa era muy largo, y al final
     del mismo se erguía una torre que tenía tres pisos, que me pareció mucho
     más antigua que la casa.
     Mrs. Stone, que, como el resto de los concurrentes, estaba sentada en
     absoluto silencio, me dijo: "Jack te mostrará tu cuarto: yo te di el
     cuarto en la torre."
     Inexplicablemente, con sus palabras, el alma se me fue al piso. Me sentí
     si ya hubiera conocido el cuarto en la torre, y como que allí había algo
     espantoso. Jack se paró instantáneamente, y yo comprendí que tenía que
     seguirlo. En silencio pasamos a través del vestíbulo, y subimos una gran
     escalera de roble, con muchas esquinas, llegando por fin a un pequeño
     pasillo con dos puertas. Él abrió una de las puertas para mí, y yo entré,
     luego de lo cuál, él la cerró. Fue entonces que me di cuenta que la
     anterior conjetura estaba correcta: había algo desagradable en la
     estancia, y con el terror de la pesadilla que me envolvía, desperté en
     espasmos de pánico.
     Este mismo sueño, o variaciones del mismo, fue el que experimenté con
     intermitencias, durante quince años. Muy a menudo sucedía exactamente de
     esta manera: el arribo, el té en el jardín, el silencio mortal quebrado
     por una sentencia mortal, la subida con Jack Stone hacia el cuarto en la
     torre, donde estaba el horror, y, al final, siempre llegaba a acercarme al
     terror, aunque nunca pude ver que era con exactitud. Otras veces
     experimentaba variaciones sobre el mismo tema. Ocasionalmente era que
     estábamos sentados a una mesa, la misma que se veía a través de la ventana
     por el jardín. Sin embargo el silencio sepulcral era siempre el mismo, la
     misma sensación de opresión y aburrimiento. Y el silencio siempre era roto
     por Mrs. Stone que me decía: "Jack te mostrará tu cuarto: te di el cuarto
     de la torre." Luego de esto (esto era invariable), tenía que seguir a Jack
     a través de la escalera de roble, con muchas esquinas y entrar en ese
     mismo lugar, que cada vez odiaba más y más. O, de nuevo, podía ser que
     estaba jugando a las cartas en un cuarto con inmensos candelabros, los que
     daban una iluminación lúgubre. Qué juego era, no tenía idea; lo que si
     recuerdo, con una sensación de miserable anticipación, que es que pronto
     Mrs. Stone se pararía y me diría su "Jack te mostrará tu cuarto: te di el
     cuarto en la torre". Esta estancia donde jugábamos a las cartas era la
     habitación siguiente del comedor, y siempre estaba iluminado, aunque el
     resto de la casa permanecía siempre en penumbras. Y aún, a pesar de estos
     bouquets de luces, no podía darme cuenta de las cartas que me habían
     tocado, ya que por alguna razón no podía distinguirlas. Sus diseños,
     también, me eran extraños: no había colores rojos, sino que todas eran
     negras, y entre ellas había ciertas cartas que eran todas negras. Odiaba y
     temía aquello.
     A medida que el sueño se hacía recurrente, iba conociendo la mayor parte
     de la casa. Más allá del cuarto de juegos, al final de un pasillo tras una
     puerta revestida de paño verde, había un salón de fumar. A los personajes
     que poblaban este sueño también le pasaban curiosos acontecimientos, como
     si fueran gente viva. Mrs. Stone, por ejemplo, que, cuando la vi por
     primera vez, tenía cabello oscuro, se había encanecido, y su voz, al
     principio enérgica, se había debilitado, como si la fuerza abandora sus
     labios. Jack también creció, y se convirtió en un tipo enfermizo, con un
     bigote marrón, mientras una de sus hermanas dejó de aparecer, y comprendí
     al tiempo que se había casado.
     En un momento pasó que no tuve este sueño por un lapso de unos seis meses
     o un poco más, y comencé a esperar, inexplicablemente, que lo había
     superado, y que se había ido para siempre. Pero una noche, luego de este
     intervalo, nuevamente regresé al jardín del té, y Mrs. Stone ya no estaba
     allí, mientras todos los demás estaban vestidos de negro. Al momento
     adiviné la razón, y mi corazón dio un brinco, ya que tal vez en esta
     ocasión, no tendría que ir a dormir al cuarto de la torre. Como era usual,
     todos estaban sentados en silencio, pero en esta ocasión, el sentimiento
     de alivio me hizo hablar y reír como nunca antes lo había hecho. Pero los
     demás no se sentían igual, ya que nadie habló, limitándose a mirarse entre
     ellos en forma furtiva. Y cuando el raudal de mi conversación enmudeció,
     paulatinamente me fue asaltando una aprehensión peor que cualquier otra
     que previamente hubiera experimentado en aquella casa, hasta que la luz se
     extinguió.
     Súbitamente una voz rompió la quietud, era la voz de Mrs. Stone, diciendo:
     "Jack te mostrará tu habitación: te di el cuarto en la torre." Pareció
     como si surgiera desde algún lugar cercano a la puerta de hierro en la
     pared de ladrillos rojizos, y mirando hacia allí, vi entre la hierba la
     presencia de unas tumbas. Una curiosa luz gris emanaba de cada sepulcro, y
     pude leer el epitafio de la lápida más cercana, que decía: "En maldita
     memoria de Julia Stone." Y como era usual, Jack se levantó, y nuevamente
     lo seguí a través del vestíbulo y por la escalera con muchas esquinas. En
     esta ocasión todo estaba mucho más oscuro que lo habitual, y al entrar en
     el cuarto, solo pude ver los muebles, la posición de aquellos que me eran
     familiares. También había un aroma a descomposición en la estancia, y esa
     noche me desperté gritando.
     El sueño, con algunas variaciones y circunstancias, como las que he
     mencionado, siguió, con intervalos, por quince años. Algunas veces lo
     soñaba durante tres noches seguidas; otras veces, como narré, había
     recesos de seis meses, sin embargo, para tomar un promedio, podría decir
     que lo soñé tan periódicamente como una vez al mes. El sueño siempre
     terminaba en pesadilla, ya que la entrada en el ominoso cuarto me
     provocaba cada vez más temor. Había algo, también, una extraña y pavorosa
     coherencia sobre ello. Los personajes, como he mencionado, iban
     envejeciendo, y la muerte y el matrimonio visitaban a esta silenciosa
     familia. Jamás volví a ver en el sueño a Mrs. Stone. Pero siempre era su
     voz la que me informaba que el cuarto en la torre estaba preparado para
     mí, y tanto la escena estuviera en un té en el jardín, o en cualquiera de
     las otras habitaciones de la casa, siempre veía su tumba junto a la puerta
     de hierro. Pasaba lo mismo con la hija que se casó; usualmente ella no
     estaba presente, pero cada tanto, regresaba acompañada por un hombre, que
     supuse sería su marido. Él, al igual que los demás, permanecía siempre en
     silencio. Debido a la constante repetición del sueño, le comencé a restar
     importancia. Nunca volví a ver a Jack Stone durante todos aquellos años, y
     jamás vi ninguna casa que me diera la impresión de parecerse a la temible
     casa del sueño. Hasta que algo pasó.
     Este año estuve en Londres hasta fines de julio, y durante la primer
     semana de agosto me instalé con un amigo en una casa que había rentado por
     el verano, en el bosque de Ashdown, en el distrito de Sussex. Partí de
     Londres temprano, ya que John Clinton me esperaba en la estación Forest
     Row, para ir a jugar al golf, y marchar a su casa por la noche. Él estaba
     con su automóvil, y alrededor de las cinco de la tarde, luego de un día
     esplendoroso, partimos ya que teníamos que recorrer unas diez millas. Como
     llegamos tan temprano, no tuvimos el té en el club, así que esperamos a
     llegar a casa. A medida que ibamos por la carretera, el clima, que hasta
     el momento estaba si bien cálido, con brisas frescas, comenzó a estancarse
     y a darme una sensación de opresión, tal y como la ominosidad que siento
     antes de un trueno. John, sin embargo, no compartía mi sensación,
     atribuyendo mi pérdida de claridad a que había caído derrotado en el
     juego. Los siguientes eventos probaron que yo tenía razón, aunque no creía
     que los nubarrones que hubo esa noche fueran la única causa de mi
     depresión.
     Nuestro camino a través de poco transitadas sendas, me indujo a una
     somñolencia y posterior sueño, del que solo desperté cuando John detuvo el
     motor del automóvil. Y con súbita emoción, mayormente de temor, pero
     también de curiosidad, me encontré parado frente a la puerta de la casa de
     mi sueño. Entramos y yo me preguntaba si esto no sería también un sueño,
     mientras caminaba a través del vestíbulo con grandes paneles de roble, y
     al llegar al jardín, donde el té había sido servido a la sombra de la
     casa. Al fondo estaba la pared de ladrillos rojos, con una puerta en ella,
     y también estaba el nogal erguido en una parte del césped. La fachada de
     la casa era muy larga, y al final de la misma se veía la torre con los
     tres pisos, que parecían ser más antigua que el resto de la construcción.
     Aquí cesaban todas los parecidos con el sueño tantas veces repetido en mi
     mente. No había ninguna silenciosa familia, sino en cambio una gran
     asamblea de excitadas y alegres personas, todas las cuales me eran
     conocidas. Además no sentía ninguna opresión ni temor, como la que en el
     continuo sueño me asaltaba. Sin embargo estaba con mucha curiosidad acerca
     de lo que iba a pasar.
     El té prosiguió su alegre curso, y en determinado momento Mrs. Clinton se
     paró. Y en ese momento yo supe que era lo que me iba a decir. Ella me
     habló y me dijo:
     "Jack te mostrará tu cuarto: te di el cuarto en la torre."
     Y por medio segundo, el horror del sueño me atacó de nuevo. Pero esta
     aprehensión pasó rápidamente, y de nuevo no sentí más que una intensa
     curiosidad. Y no pasó mucho hasta que esta fue totalmente satisfecha.
     John se volvió a mí.
     "Justo en el techo de la casa," me dijo, "pero creo que estarás cómodo.
     Estamos con todas las habitaciones ocupadas. ¿Te gustaría ir a verla
     ahora? Por Dios, creo que tenías razón, vamos a tener tormenta eléctrica.
     Qué oscuro se está poniendo."
     Me levanté y lo seguí. Pasamos a través del vestíbulo, y por la ya
     perfectamente familiar escalera. Entonces él abrió la puerta, y entré. Y
     en ese momento un terror puramente irracional se apoderó de mí. Y no sabía
     a que le temía: simplemente temía. Fue como un recuerdo súbito, cuando uno
     recuerda un nombre que hacía tiempo se le había escapado de la memoria, y
     supe a que le temía. Le temía a Mrs. Stone, cuya tumba tenía la siniestra
     inscripción "En maldita memoria", tantas veces había visto en sueños, casi
     sobre el césped que yacía justo bajo mi ventana. Y entonces, una vez más,
     el temor se esfumó por completo, a tal punto que me estaba preguntando que
     era a lo que temía, y me sentía tranquilo y calmado, en el cuarto de la
     torre, el nombre que tantas veces había escuchado en mi sueño, y la escena
     que ya me era familiar.
     Miré alrededor con cierto derecho de propiedad, y me di cuenta que nada
     había sido cambiado del sueño nocturno que conocía tan bien. A la
     izquierda de la puerta estaba la cama, longitudinalmente con la pared, con
     la cabeza apuntando al ángulo. Alineada a la misma estaba la chimenea y un
     pequeño armario de libros; opuesta a la puerta, la otra pared estaba
     atravesada por dos ventanas enrejadas. Entre las mismas había una mesa de
     tocador, en tanto que alineada con la cuarta pared había una cubeta para
     lavarse. Mi equipaje ya había sido desempacado, ya que mis prendas estaban
     ordenadas sobre el cobertor de la cama. Y entonces, con un súbito e
     inexplicado desfallecimiento, vi que había dos objetos conspicuos que no
     había visto antes en mi sueño: uno era una gran pintura al óleo de Mrs.
     Stone, y el otro era un dibujo en blanco y negro de Jack Stone,
     representándole tal y como se me apareció en la última serie de estos
     sueños recurrentes que había tenido la pasada semana, un hombre de unos
     treinta años con apariencia maligna. Su retrato colgaba entre las
     ventanas, mirando derecho a través de la habitación hacia el otro cuadro,
     que colgaba a un costado de la cama. Y nuevamente volví a experimentar el
     horror de la pesadilla que me atenazaba.
     Representaba a Mrs. Stone como la había visto por última vez en mi sueño:
     vieja con el cabello encanecido. Pero en vez de la evidente debilidad del
     cuerpo, la pintura mostraba una espeluznante exuberancia y la vitalidad
     brillaba a través de la cobertura de la carne, una exuberancia por
     completo maligna, una vitalidad que burbujeaba con inimaginable maldad. El
     mal resplandecía desde esos angostos ojos; y en su boca tenía una sonrisa
     demoníaca. El rostro entero estaba llevado por una horrorosa y
     sobrecogedora hilaridad; las manos, una encima de la otra sobre la
     rodilla, parecían conmocionadas con una inenarrable jovialidad. Entonces
     vi la firma del cuadro, en la esquina inferior izquierda, y, preguntándome
     quien habría sido el artista, me acerqué más para poder echar un vistazo,
     y leí la inscripción: "Julia Stone por Julia Stone."
     Hubo un golpe en la puerta, y John Clinton entró.
     "¿Necesitas algo más?" me preguntó.
     "Mucho menos que lo que tengo," dije, apuntando al retrato.
     Se rió.
     "Una vieja y severa señora," dijo, "de cualquier manera, ella no puede
     estar muy halagada."
     "¿Pero, no lo vés?" cuestioné. "Apenas es un rostro humano. Es la cara de
     alguna bruja o algún demonio."
     Él miró el cuadro de más de cerca.
     "Si, no es muy agradable," dijo. "Al lado de la cama, ¿eh? Si; me imagino
     la pesadilla que voy a tener si llego a dormir con esto tan cerca de mi
     cama. Lo bajaré si quieres."
     "Realmente deseo que lo hagas," dije. Él tocó la campana, y con la ayuda
     de un sirviente, removimos el retrato y este fue llevado fuera, al
     pasillo, y puesto el rostro contra la pared.
     "Por Dios, la vieja señora es bastante pesada," dijo John, secándose la
     frente. "Me pregunto si ella tendría algo en mente."
     El extraordinario peso del cuadro también me había molido. Estaba a punto
     de replicar, cuando me miré la mano. Había una considerable cantidad de
     sangre, que me cubría toda la mano.
     "Me corté con algo," dije.
     John pegó una pequeña exclamación.
     "¿Cómo puede ser? Yo también," dijo.
     Simultáneamente el sirviente sacó su pañuelo y le vendó la mano. Vi que
     también la mano del lacayo estaba sangrando.
     John y yo salimos del cuarto y fuimos a enjuagarnos la sangre; pero ni en
     su mano ni en la mía había rastros del menor raspón. Me pareció que,
     habiéndonos cerciorado de ello, ambos, por una especie de tácito
     consentimiento, no nos referimos al hecho de nuevo. En mi caso, algo se me
     había ocurrido y no deseaba pensar sobre ello. Era solo una conjetura,
     pero supuse que la misma cosa le había ocurrido a él.
     El calor y la opresión del aire, por la tormenta que esperábamos y que aún
     no se había desencadenado, se incrementó mucho luego de la cena, y luego
     la concurrencia, entre los que nos contábamos John Clinton y yo, nos
     sentamos fuera, en el jardín, donde habíamos tomado el té. La noche estaba
     absolutamente oscura, y no había estrellas o luna que pudiera penetrar el
     paño mortuorio que opacaba el cielo. Paulatinamente, nuestra reunión se
     fue despejando, las mujeres se fueron retirando a dormir, los hombres se
     dispersaron hacia el salón de fumar o al cuarto del billar, y a eso de las
     once de la noche mi anfitrión y yo quedamos solos. Toda la noche estuve
     cavilando que él tendría algo en mente, y en cuanto estuvimos solos, habló.
     "El hombre que nos ayudó a cargar el cuadro, tenía sangre en su mano, ¿lo
     notaste?" dijo.
     "Le pregunté había sido él quien se había cortado, y me dijo que supuso
     que sí, pero al final no pudo encontrarse ninguna herida. Ahora bien, ¿de
     dónde provino la sangre?"
     De golpe al decirme esto, echaba por tierra todos mis propósitos de no
     acordarme del tema, especialmente justo antes de ir a dormir.
     "No lo se," dije, "y realmente no quiero averiguarlo en tanto que el
     cuadro de Mrs. Stone no esté cerca de mi cama."
     Él se paró.
     "Pero es raro," dijo. "¡Ha! Ahora verás otra cosa extraña."
     Su perro, un terrier irlandés de raza, había salido de la casa cuando
     estábamos hablando. La puerta detrás nuestra, hacia el vestíbulo, estaba
     abierta, y una luz iluminaba el jardín hasta la puerta de hierro que daba
     afuera, donde el nogal estaba plantado. Vi que el perro estaba encrispado
     y con todos sus pelos erizados, sus labios doblados hacia afuera de su
     dentadura, como si estuviera listo para brincar sobre algo, gruñiendo
     solo. Fue como no se diera cuenta de la presencia de su amo o la mía, y se
     quedó tensamente dando vueltas en torno al césped frente a la puerta.
     Luego se detuvo por un momento, mirando a través de los barrotes, aunque
     continuó gruñendo. Después pareció como si su coraje lo abandonara: pegó
     un largo aullido, y corrió de nuevo a la casa con un curioso paso.
     "Lo hace una media docena de veces por día." dijo John. "Parece que ve
     algo que odia y teme."
     Caminé hacia la puerta y miré a través de ella. Algo se movía fuera, entre
     las matas de pasto, y pronto llegó a mis oídos un sonido que no pude
     identificar inmediatamente. Luego recordé que era: el ronroneo de un gato.
     Prendí una linterna y vi que era lo que ronroneaba: un gran gato persa que
     daba vueltas alrededor de un pequeño círculo frente a la puerta, con la
     cola flameando como una bandera. Sus ojos estaban brillantes, y a cada
     rato bajaba su cabeza y olisqueaba el césped.
     Me reí.
     "El fin del misterio, me temo." Dije. "Aquí está este gato enorme, el
     origen de todas las noches de Walpurgis."
     "Si, este es Darius," dijo John. "Se pasa medio día y el resto de la noche
     ahí. Pero este no es el fin del misterio del perro, ya que Toby y él son
     los mejores amigos. Aquí comienza el misterio del gato. ¿Qué es lo que
     hace ahí? ¿Y porqué Darius está complacido y Toby aterrorizado?"
     En ese momento recordé aquel horrible detalle en mi sueño, cuando veía la
     puerta, justo donde el gato estaba ahora, la blanca lápida con la
     siniestra inscripción. Pero antes que pudiera responder a mi pregunta,
     comenzó el aguacero, súbita e intempestivamente, como si se hubiera
     destapado el cielo, y simultáneamente el gran gato saltó a través de las
     rejas de la puerta de hierro, y corrió por el jardín hasta la casa en
     busca de refugio. Luego se sentó en el portal y se quedó mirando
     ansiosamente a la oscuridad.
     De alguna manera, con el retrato de Julia Stone fuera, en el pasillo, el
     cuarto en la torre no me alarmaba en absoluto, y cuando fui a la cama, me
     sentía con mucho sueño y cansancio. No sentía más que curiosidad por el
     incidente de las manos manchadas de sangre, y por la conducta del gato y
     del perro. La última cosa que vi antes de apagar la luz fue el rectángulo
     de espacio vacío, a un lado de mi cama, donde había estado el retrato. En
     esa porción el empapelado poseía su tinte original, que era rojo: sobre el
     resto de las paredes este color se había desgastado. Luego apagué mi vela
     y quede dormido casi instantáneamente.
     Mi despertar fue igual de instantáneo, y me senté recto sobre la cama bajo
     la impresión fuerte que una luz brillante me había alumbrado la cara, a
     pesar que estaba todo muy oscuro. Sabía perfectamente en donde estaba, en
     el cuarto que tantas veces había temido en sueños, pero ningún horror que
     hubiera sentido en sueños se comparaba al que ahora me atenazaba y
     congelaba mi mente. Inmediatamente después el bramido de un trueno sacudió
     toda la casa, pero la probabilidad que esto hubiera sido el origen de la
     luz que me despertó no fue consuelo para mi agitado corazón. Sabía que
     había algo más, conmigo, en la habitación, e instintivamente saqué mi mano
     derecha, que era la que estaba más cercana a la pared, y palpé el borde de
     un marco, como de un cuadro, colgando cerca mío.
     Salté de la cama, volcando la mesita de luz, y escuché mi reloj, vela y
     fósforos cayendo contra el piso. Pero por el momento, no había necesidad
     de luces, ya que otro enceguecedor relámpago iluminó la estancia y me
     mostró que sobre mi cama colgaba de nuevo el cuadro de Mrs. Stone. Otra
     vez el cuarto quedó sumido en la penumbra. Pero en este relámpago pude ver
     otra cosa, particularmente una figura que estaba apoyada a los pies de la
     cama, que me miraba. Estaba vestida con una suerte de vestimenta
     blanquecina, manchada con musgo, y su rostro era el del retrato.
     Más arriba, bramió el trueno y cuando cesó y regresó la mortal quietud,
     escuché un susurro como de movimiento, que se me acercaba, más y más,
     horriblemente, percibiendo al mismo tiempo un olor a corrupción y
     putrefacción. Entonces una mano se colocó a un lado de mi cuello, y muy
     cerca de mi oído pude escuchar una ansiosa y acelerada respiración. Y supe
     que esa cosa, a pesar que podía ser percibida por el tacto, el olfato, la
     vista y el oído, no era de este mundo, sino que era algo había podido
     transponer al cuerpo y que tenía el poder de manifestarse a sí misma.
     Entonces una voz, que ya me era familiar, se dejó oir:
     thing, though it could be perceived by touch, by smell, by eye and by ear,
     was still not of this earth, but something that had passed out of the body
     and had power to make itself manifest. Then a voice, already familiar to
     me, spoke.
     "Supe que vendrías al cuarto en la torre," dijo. "Te he estado esperando
     por mucho tiempo. Al final has venido. Esta noche cenaré; en breve
     cenaremos juntos."
     Y la respiración entrecortada se acercó un poco más; la podía sentir sobre
     mi cuello.
     Y este terror, que yo creía me había paralizado por el momento, derivó en
     un salvaje instinto de auto preservación. Manoteé el aire salvajemente con
     ambos brazos, pateé al mismo momento, y escuché un chirrido bestial, y
     algo blando cayó frente mío con un ruido sordo. Di unos pasos hacia
     adelante, esquivando lo que fuera que yacía ahí, y por casualidad encontré
     el picaporte de la puerta. Al siguiente instante salté al pasillo, y azoté
     estrepitósamente la puerta tras mío. Casi al mismo momento escuché una
     puerta que se abría en algún sitio, abajo, y John Clinton, candelabro en
     mano, acudió corriendo escaleras arriba.
     "¿Qué pasa?" preguntó. "Dormía justo aquí abajo, y escuché ruidos como
     sí... Dios santo, hay sangre en tu hombro."
     Me quedé parado ahí, según me contó después, moviéndome de un lado a otro,
     pálido como una hoja de papel, con la marca sobre mi hombro como si una
     mano cubierta de sangre se hubiera apoyado ahí mismo.
     "Está ahí dentro," dije, apuntando. "Ella, tu sabes. El retrato está
     dentro, también, colgando del mismo lugar de donde lo sacamos."
     A esto contestó con una sonrisa.
     "Mi querido amigo, esta ha sido meramente una pesadilla," me contestó.
     Abrió la puerta, y yo quedé parado inerte, presa del terror, incapaz de
     detenerlo, incapaz de moverme.
     "¡Phew! Huele horrible," dijo.
     Luego hubo un silencio; desapareció de mi vista. Al siguiente momento
     salió tan pálido como estaba yo mismo, y cerró rápidamente.
     "Sí, el cuadro está ahí," dijo, "y sobre el piso hay una cosa, una cosa
     manchada de barro, como las que hay en los sepulcros. Vamos, rápido,
     vámonos de aquí."
     Como bajamos las escaleras difícilmente lo supe. Un estremecimiento y unas
     náuseas más espirituales que carnales me apresaron, y más de una vez él me
     tuvo que ayudar a poner el pie en el escalón, mientras a cada momento
     echaba miradas de terror y aprehensión hacia atrás. Pero al final, cuando
     llegamos a su habitación, en el piso de abajo, le conté todo lo que aquí
     he descripto.
     La segunda puede ser corta, ciertamente como muchos de mis lectores quizás
     ya lo hayan adivinado, si recuerdan el inexplicable asunto de la iglesia
     en West Fawley, hace unos ocho años atrás, donde se en tres oportunidades
     se trató de enterrar el cuerpo de cierta mujer que se había suicidado. En
     cada ocasión el ataúd fue encontrado salido de su sitio, como emergiendo
     del suelo. Luego del tercer intento, con el objetivo de que la cosa no
     trascendiera, el cuerpo fue incinerado en algún lugar sobre tierra no
     consagrada. ¿Y dónde había sido enterrado? Justamente frente a la puerta
     de hierras del jardín de la misma casa en que la mujer había vivido. Ella
     se había suicidado en el cuarto superior de la torre, su nombre era Julia
     Stone.
     Subsecuentemente el cuerpo fue desenterrado en secreto, y el ataúd fue
     hallado repleto de sangre.