SAMUEL BECKETT - EL FINAL



Me vistieron y me dieron dinero. Yo sabía para qué iba a servir el dinero, iba a
servir para ponerme de patitas en la calle. Cuando lo hubiera gastado debería
procurarme más, si quería continuar. Lo mismo los zapatos, cuando estuvieran
usados debería ocuparme de que los arreglaran, o continuar descalzo, si quería
continuar. Lo mismo la chaqueta y el pantalón, no necesitaban decírmelo, salvo
que yo podría continuar en mangas de camisa, si quería. Las prendas—zapatos,
calcetines, pantalón, camisa, chaqueta y sombrero—no eran nuevas, pero el muerto
debía ser poco más o menos de mi talla. Es decir que él debió ser un poco menos
alto que yo, un poco menos grueso, porque las prendas no me venían tan bien al
principio como al final. Sobre todo la camisa, durante mucho tiempo no podía
cerrarme el cuello, ni por consiguiente alzar el cuello postizo, ni recoger los
faldones, con un imperdible, entre las piernas, como mi madre me había enseñado.
Debió endomingarse para ir a la consulta, por primera vez quizá, no pudiendo
más. Sea como fuere, el sombrero era hongo, en buen estado. Dije, Tengan su
sombrero y devuélvanme el mío. Añadí, Devuélvanme mi abrigo. Respondieron que lo
habían quemado, con mis demás prendas. Comprendí entonces que acabaría pronto,
bueno, bastante pronto. Intenté a continuación cambiar el sombrero por una
gorra, o un fieltro que pudiera doblarse sobre la cara, pero sin mucho éxito.
Pero yo no podía pasearme con la cabeza al aire, en vista del estado de mi
cráneo. El sombrero era en principio demasiado pequeño, pero luego se
acostumbró. Me dieron una corbata, después de largas discusiones. Me parecía
bonita, pero no me gustaba. Cuando llegó por fin estaba demasiado fatigado para
devolverla. Pero acabó por serme útil. Era azul, como con estrillas. Yo no me
sentía bien, pero me dijeron que estaba bastante bien. No dijeron expresamente
que nunca estaría mejor que ahora, pero se sobreentendía. Yacía inerte sobre la
cama e hicieron falta tres mujeres para quitarme los pantalones. No parecían
interesarse mucho por mis partes que a decir verdad nada tenían de particular.
Tampoco yo me interesaba mucho. Pero hubieran podido decir cualquier cosita.
Cuando acabaron me levanté y acabé de vestirme solo. Me dijeron que me sentara
en la cama y esperara. Toda la ropa de cama había desaparecido. Me indignaba el
hecho de que no hubieran permitido esperar en el lecho familiar y no así de pie,
en el frío, en estas ropas que olían a azufre. Dije, Me podían, haber dejado en
mi cama hasta el último momento.
Entraron hombres con batas, con mazos en la mano. Desmontaron la cama y se
llevaron las piezas. Una de las mujeres les siguió y volvió con una silla que
colocó ante mí. Había hecho bien en mostrarme indignado. Pero para demostrarles
hasta qué punto estaba indignado por no haberme dejado en mi cama mandé la silla
a hacer puñetas de una patada. Un hombre entró y me hizo una seña para que le
siguiera. En el vestíbulo me dio un papel para firmar. ¿Qué es esto, dije, un
salvoconducto? Es un recibo, dijo, por la ropa y el dinero que ha recibido
usted. ¿Qué dinero? Dije. Fue entonces cuando recibí el dinero. Pensar que había
estado a punto de marcharme sin un céntimo en el bolsillo. La cantidad no era
grande, comparada con otras cantidades, pero a mí me parecía grande. Veía los
objetos familiares, compañeros de tantas horas soportables. El taburete, por
ejemplo, íntimo como el que más. Las largas tardes juntos, esperando la hora de
irme a la cama. Por un momento sentí que me invadía su vida de madera hasta no
ser yo mismo más que un viejo pedazo de madera. Había incluso un agujero para mi
quiste. Después en el cristal el sitio en donde se había raspado el esmalte y
por donde en las horas de congoja yo deslizara la vista, y rara vez en vano. Se
lo agradezco mucho, dije, ¿hay una ley que le impide echarme a la calle, desnudo
y sin recursos? Eso nos perjudicada, a la larga, respondió él. No hay medio de
que me admitan todavía un poco, dije, yo podía ser útil. Útil, dijo, ¿de verdad
estaría dispuesto a ser útil? Después de un momento continuó, Si le creyeran a
usted realmente dispuesto a ser útil, le admitirían, estoy seguro. Cuántas veces
había dicho que iba a ser útil, no iba a empezar otra vez. ¡Qué débil me sentía!
Este dinero, dije, quizá quieran recuperarlo y cobijarme todavía un poco. Somos
una institución de caridad, dijo, y el dinero es un regalo que le hacemos cuando
se va. Cuando lo haya gastado debe procurarse más, si quiere continuar. No
vuelva nunca aquí pase lo que pase, porque ya no le admitiríamos. Nuestras
sucursales le rechazarían igualmente. ¡Exelmans! exclamé. Vamos, vamos, dijo,
además no se le entiende ni la décima parte de lo que dice. Soy tan viejo, dije.
No tanto, dijo. ¿Me permite que me quede aquí un momentito, dije, hasta que cese
la lluvia? Puede usted esperar en el claustro, dijo, la lluvia no cesará en todo
el día. Puede usted esperar en el claustro hasta las seis, ya oirá la campana.
Si le preguntan no tiene más que decir que tiene usted permiso para guarecerse
en el claustro. ¿Qué nombre debo decir?, dije. Weir, dijo.
No llevaba mucho tiempo en el claustro cuando la lluvia cesó y el sol apareció.
Estaba bajo y deduje que serían cerca de las seis, teniendo en cuenta la época
del año. Me quedé allí mirando bajo la bóveda el sol que se ponía tras el
claustro. Apareció un hombre y me preguntó qué hacía. ¿Qué desea? eso dijo. Muy
amable. Respondí que tenía permiso del señor Weir para quedarme en el claustro
hasta las seis. Se fue, pero volvió en seguida. Debió hablar con el señor Weir
en el intervalo, porque dijo, No debe usted quedarse en el claustro ahora que ya
no llueve.
Ahora avanzaba a través del jardín. Había esa luz extraña que cierra una jornada
de lluvia persistente, cuando el sol aparece y el cielo se ilumina demasiado
tarde para que sirva ya para algo. La tierra hace un ruido como de suspiros y
las últimas gotas caen del cielo vaciado y sin nubes. Un niño, tendiendo las
manos y levantando la cabeza hacia el cielo azul, preguntó a su madre cómo era
eso posible. Vete a la mierda, dijo ella. Me acordé de pronto que había olvidado
pedir al señor Weir un pedazo de pan. Seguramente me lo hubiera dado. Lo pensé,
durante nuestra conversación, en el vestíbulo. Me decía, Acabemos primero lo que
nos estamos diciendo, luego se lo preguntaré. Yo sabía perfectamente que no me
readmitirían. A gusto hubiera desandado el camino, pero temía que uno de los
guardianes me detuviera diciéndome que nunca volvería a ver al señor Weir. Lo
que hubiera aumentado mi pesar. Por otra parte no me volvía nunca en esos casos.

En la calle me encontraba perdido. Hacía mucho tiempo que no había puesto los
pies en esta parte de la ciudad y la encontré muy cambiada. Edificios enteros
habían desaparecido, las empalizadas habían cambiado de sitio y por todas partes
veía en grandes letras nombres de comerciantes que no había visto en ninguna
parte y que incluso me hubiera costado pronunciar. Había calles que no recordaba
haber visto en su actual emplazamiento, entre las que recordaba varias habían
desaparecido y por último otras habían cambiado completamente de nombre. La
impresión general era la misma de antaño. Es verdad que conocía muy mal la
ciudad. Era quizás una ciudad completamente distinta. No sabía dónde se suponía
que debía ir lógicamente. Tuve la enorme suerte, varias veces, de evitar que me
aplastaran. Estaba siempre dispuesto a reír, con esa risa sólida y sin malicia
que tan buena es para la salud. A fuerza de conservar el lado rojo del cielo lo
más posible a mi derecha llegué por fin al río. Allí todo parecía, a primera
vista, más o menos tal y como lo había dejado. Pero mirando con más atención
hubiera descubierto muchos cambios sin duda. Eso hice más tarde. Pero el aspecto
general del río, fluyendo entre sus muelles y bajo sus puentes, no había
cambiado. El río en particular me daba la impresión, como siempre, de correr en
el mal sentido. Todo esto son mentiras, me doy perfecta cuenta. Mi banco estaba
aún en su sitio. Se le había excavado según la forma del cuerpo sentado. Se
encontraba junto a un abrevadero, regalo de una tal señora Maxwell a los
caballos de la ciudad, conforme la inscripción. Durante el tiempo que me quedé
allí varios caballos sacaron provecho del regalo. Oía los hierros y el clic clac
del arnés. Después el silencio. Era el caballo quien me miraba. Después el ruido
de guijarros arrastrados en el barro que hacen los caballos al beber. Después
otra vez el silencio. Era el caballo quien me miraba otra vez. Después otra vez
los guijarros. Después otra vez el silencio. Hasta que el caballo hubo acabado
de beber o el carretero consideró que había bebido suficiente. Los caballos no
estaban tranquilos. Una vez, cuando cesó el ruido, me volví y vi el caballo que
me miraba. El carretero también me miraba. La señora Maxwell se hubiera puesto
muy contenta si hubiera podido ver a su abrevadero prestar tales servicios a los
caballos de la ciudad. Llegada la noche, después de un crepúsculo muy largo, me
quité el sombrero que me hacía daño. Deseaba estar otra vez encerrado, en un
sitio hermético, vacío y caliente, con luz artificial una lámpara de petróleo a
ser posible, cubierta con una pantalla rosa preferentemente. Vendría alguien de
vez en cuando a asegurarse que me encontraba bien y no necesitaba nada. Hacía
mucho tiempo que no había tenido verdaderas ganas de algo y el efecto sobre mí
fue horrible.
En los días siguientes visité varios inmuebles, sin mucho éxito. Normalmente me
cerraban la puerta en las narices, incluso cuando enseñaba mi dinero, diciendo
que pagaría una semana por adelantado, o incluso dos. Ya podía yo exhibir mis
mejores maneras, sonreír y hablar con toda precisión, no había acabado aún con
mis cumplidos cuando me cerraban la puerta en las narices. Perfeccioné en esta
época una forma de descubrirme a la vez digna y cortés, sin bajeza ni
insolencia. Hacía deslizar ágilmente mi sombrero hacia delante, lo mantenía un
momento colocado de tal forma que no se podía ver mi cráneo, después con el
mismo deslizamiento lo volvía a poner en su sitio. Hacer esto con naturalidad,
sin provocar una impresión desagradable, no es fácil. Cuando consideraba que
bastaría con tocarme el sombrero, naturalmente me limitaba a tocarme el
sombrero. Pero tocarse el sombrero no es fácil tampoco. Más tarde resolví el
problema, de capital importancia en las épocas difíciles, llevando un viejo kepí
británico y saludando a lo militar, no, falso, en fin, no lo sé, conservaba mi
sombrero después de todo. Jamás cometí la falta de lleva medallas. Ciertas
mujeres tenían tanta necesidad de dinero que me dejaban pasar en seguida y me
enseñaban la habitación. Pero no pude entenderme con ninguna. Finalmente
conseguí alojarme en un sótano. Con aquella me entendí rápidamente. Mis
fantasías, ese término empleó, no le daban miedo. Insistió si embargo en hacer
la cama y limpiar la habitación un vez por semana, en lugar de una vez al mes,
como yo le había pedido. Me dijo que durante la limpieza, que sería rápida,
podría esperar en el patinillo de al lado. Añadió, con mucha comprensión, que
nunca me echaría con mal tiempo. Aquella mujer era griega, creo, o turca. Nunca
hablaba de sí misma. Yo tenía en la cabeza que era viuda o al menos abandonada.
Tená un acento extraño. Y yo también, a fuerza de asimilar las vocales y
suprimir las consonantes.
Ahora ya no sabía dónde estaba, tenía una vaga imagen, ni siquiera, no veía
nada, de una enorme casa de cinco o seis pisos. Me parecía que formaba cuerpo
con otras casas. Llegué al crepúsculo y no presté a los alrededores la atención
que quizá les hubiera dedicado de sospechar que iban a cerrarse sobre mí. No
debía por decirlo así esperar más. Es cierto que cuando salí de esta casa hacía
un tiempo radiante, pero yo no miraba nunca hacia atrás al irme. Debí leerlo en
alguna parte, cuando era pequeño y todavía leía, que valía más no volver la
cabeza al marcharse. Y sin embargo me sorprendía haciéndolo. Pero incluso sin
contar con esto me parece que debí ver algo al irme. ¿Pero el qué? Recuerdo
solamente mis pies que salían de mi sombra uno tras otro. Los zapatos se habían
resquebrajado y el sol acusaba las grietas del cuero.
Estaba bien en esta casa, debo decirlo. Aparte algunas ratas estaba solo en el
sótano. La mujer observaba nuestra convivencia lo mejor posible. Traía hacia
mediodía una bandeja llena de comida y se llevaba el de la víspera. Traía al
mismo tiempo una palangana limpia. Tenía un asa enorme por donde metía el brazo,
conservando así las dos manos libres para llevar la bandeja. Después ya no la
veía sino por azar cuando asomaba la cabeza para asegurarse de que no había
ocurrido nada. No necesitaba afecto afortunadamente. Desde mi cama veía los pies
que iban y venían por la acera. Ciertas tardes, cuando hacía buen tiempo y me
sentía con ánimos, me iba con la silla al patinillo y miraba entre las faldas de
las que pasaban. Más de una pierna se me hizo así familiar. Una vez mandé a
buscar una cebolla azafranada y la planté en el patinillo sombrío, en un bote
viejo. Debía ser por primavera, no eran las condiciones óptimas probablemente.
Dejé el bote fuera, atado a un cordel que pasaba por la ventana. Por la tarde,
cuando hacía buen tiempo, un hilo de luz trepaba a lo largo del muro. Me
instalaba entonces frente a la ventana y tiraba del cordel, para mantener el
bote a la luz, y al calor. No debía ser muy cómodo, no acabo de entender cómo me
las arreglaba. No eran las condiciones óptimas probablemente. Reverdeció, pero
nunca tuvo flores, apenas un tallo macilento provisto de hojas cloróticas. Me
hubiera alegrado tener un azafrán amarillo o un jacinto, pero la cosa es que no
iba a cumplirse. Ella quería llevárselo, pero yo le dije que lo dejara. Quería
comprarme otro, pero le dije que no quería otro. Lo que más me crispaba eran los
gritos de los vendedores de periódicos. Pasaban corriendo todos los dias,
gritando el nombre de los periódicos e incluso las noticias sensacionales. Los
ruidos que venían de la casa me crispaban menos. Una niña, ¿o era un niño?
cantaba todas las tardes a la misma hora en algún lugar encima de mí. Durante
mucho tiempo no consegui coger las palabras. Extrañas palabras para una niña, o
un niño. ¿Era una canción de mi espiritu, o venía sencillamente de fuera? Era
una especie de nana, me parece. A mí me dormía a menudo. Era a veces una niña la
que venía. Tenía largos cabellos rojos que colgaban en dos trenzas. No sabía
quién era. Correteaba un poco por la habitación, después se iba sin haberme
dirigido la palabra. Un día recibi la visita de una agente de policia. Dijo que
estaba bajo vigilancia, sin explicarme por qué. Equívoco, eso es, me dijo que yo
era equívoco. Le dejé hablar. No se atrevía a detenerme. O quizá fuera buena
persona. Un cura también, un día recibí la visita de un cura. Le informé que
pertenecía a una rama de la iglesia reformada. Me preguntó qué clase de pastor
me gustaría ver. Se condena uno, en la iglesia reformada, sin remedio. Era quizá
buena persona. Me dijo que le avisara si alguna vez necesitaba un servicio. ¡Un
servicio! Se presentó y me explicó dónde podría encontrarle. Debería haberlo
apuntado.
Un día la mujer me hizo una proposición. Dijo que tenía necesidad urgente de
dinero en metálico y que si yo podía proporcionarle un adelanto de seis meses me
reduciría el alquiler del cuarto durante este período. No creo que me equivoque
mucho. Esto tenía la ventaja de hacerme ganar seis semanas (?) de estancia y el
inconveniente de agotar casi todo mi pequeño capital. Pero ¿se podía llamar a
esto un inconveniente? ¿No me iba a quedar de todas formas hasta el último
céntimo, y más allá aún, hasta que ella me echara? Le di el dinero y me hizo un
recibo.
Una mañana, poco después de la transacción, me despertó un hombre que me sacudía
por el hombro. No podían ser más de las once. Me rogó que me levantara y
abandonara su casa inmediatamente. Era muy pulcro, debo decirlo. Me dijo que su
extrañeza sólo encontraba parangón con la mía. Era su casa. Su patrimonio. La
turca se había marchado la víspera. Pero si la he visto anoche, dije. Debe estar
usted en un error, dijo, porque me llevó las llaves, a mi oficina, ayer por la
mañana lo más tarde. Pero si acabo de entregarle un anticipo de seis meses de
alquiler, dije. Que se lo devuelva, dijo. Pero si ignoro su nombre, dije, por no
hablar de sus señas. ¿Ignora usted su nombre? dijo. Debió creer que mentía.
Estoy enfermo, dije, no puedo marcharme así sin previo aviso. No es para tanto,
dijo. Propuso ir a buscar un taxi, o una ambulancia, si prefería. Dijo que
necesitaba la habitación, inmediatamente, para su cerdo, cogiendo frío en una
carretilla, ante la puerta, y vigilado únicamente por un chaval que ni siquiera
conocía y que estaría probablemente haciéndole picias. Pregunté si no me podría
ceder otro sitio, apenas un rincón donde poder tumbarme, el tiempo de
sobreponerme y de tomar mis disposiciones. Dijo que no podía. No es que sea mala
persona, añadió. Podría vivir aquí con el cerdo, dije, me ocuparía de él.
¡Largos meses de calma, deshechos en un instante! Calma, calma, dijo, no se
abandone, ale, hop, de pie, basta. Después de todo aquello no le importaba.
Había sido realmente paciente. Debió visitar el sótano mientras yo dormía.
Me sentía débil. Debía estarlo. La luz resplandeciente me aturdía. Un autobús me
transportó, al campo. Me senté en un prado, al sol. Pero me parece que esto era
mucho más tarde. Dispuse hojas bajo mi sombrero en círculo, para procurarme
sombra. Acabé por encontrar un montón de estiércol. Al día siguiente reemprendí
el camino de la ciudad. Me obligaron a bajarme de tres autobuses. Me senté al
borde de la carretera, al sol, y me sequé la ropa. Me gustaba. Me decía, Nada,
nada que hacer ahora hasta que esté seca. Cuando estuvo seca la cepillé con un
cepillo, una especie de almohaza me parece, que encontré en un establo. Los
establos me han resultado siempre acogedores. Después me llegué hasta la casa en
donde mendigué un vaso de leche y pan con mantequilla. ¿Puedo descansar en el
establo? dije. No, dijeron. Yo apestaba aún, pero con una fetidez que me
agradaba. La prefería con mucho a la mía, que se ocultaba ahora bajo la nueva
hediondez, sintiéndola sólo a vaharadas. En los días siguientes traté de
recuperar mi dinero. No sé exactamente cómo sucedió, si es que no pude encontrar
la dirección, o si la dirección no existía, o si la griega ya no estaba allí.
Busqué el recibo en mis bolsillos, para intentar descifrar el nombre. No estaba.
Ella lo había recuperado quizá mientras yo dormía. No sé durante cuánto tiempo
circulé así, descansando unas veces en un sitio, otras en otro, en la ciudad y
en el campo. La ciudad había sufrido cambios. El campo tampoco era ya como lo
recordaba. El efecto general era el mismo. Un día vi a mi hijo. Con una cartera
bajo el brazo apresuraba el paso. Se quitó el sombrero y se inclinó y vi que era
calvo como un huevo. Estaba casi seguro de que era él. Me volví para seguirle
con la mirada. Avanzaba a toda marcha, con sus andares de pato, ofreciendo a
derecha y a izquierda saludos con el sombrero y otras muestras de servilismo. El
insoportable hijo de puta.
Un día encontré a un hombre que conociera en época anterior. Vivía en una
caverna al borde del mar. Tenía un burro que trotaba por el acantilado, o en los
minúsculos senderos agrietados que descienden hacia el mar. Cuando hacía muy mal
tiempo el burro entraba con su amo en la caverna y allí se abrigaba, mientras
duraba la tempestad. Habían pasado muchas noches juntos, apretados el uno contra
el otro, mientras el viento bramaba y el mar azotaba la playa. Gracias al burro
podía abastecer de arena, de algas y de conchas a los habitantes de la ciudad,
para sus jardincillos. No podía transportar mucha cantidad de una vez, porque el
burro era viejo, pequeño también, y la ciudad estaba lejos. Pero ganaba así un
poco de dinero, lo suficiente para comprar tabaco y cerillas y de vez en cuando
una libra de pan. Fue en una de sus salidas cuando me encontró, en los
suburbios. Estaba encantado de volver a verme, el pobre. Me suplicó que le
acompañara a su casa y pasara allí la noche. Quédate todo el tiempo que quieras,
dijo. ¿Qué le pasa a tu burro? dije. No le hagas caso, dijo, es que no te
conoce. Le recordé que no tenía costumbre de quedarme con nadie más de dos o
tres minutos seguidos y que me horrorizaba el mar. Parecía abrumado. Entonces no
vienes, dijo. Pero ante mi propia extrañeza me monté en el burro y arre, a la
sombra de los castaños que brotaban con furia de la acera. Me agarré a las
vértebras de la cerviz, una mano luego otra. Los niños nos abucheaban y nos
tiraban piedras, pero apuntaban mal porque sólo me alcanzaron una vez, en el
sombrero. Un guardia nos detuvo, y nos acusó de turbar el orden público. Mi
amigo le recordó que éramos tal y como la naturaleza había acabado por hacernos
y que los niños estaban en el mismo caso. Era inevitable, en esas condiciones,
que el orden público resultara turbado de vez en cuando. Déjenos continuar
nuestro camino, dijo, y el orden se reestablecerá automáticamente, en su sector.
Atajamos por los caminos apacibles de la antiplanicie, blancos de polvo, con los
matojos de espino y de fucsia y los linderos franjeados de hierba silvestre y de
margaritas. Cayó la noche. El burro me llevó hasta la boca de la caverna, porque
yo no hubiera podido seguir, en la oscuridad, el sendero que bajaba hacia el
mar. Después volvió a subir a sus pastizales.
No sé cuánto tiempo me quedé allí. Se estaba bien en la caverna, debo decirlo.
Me traté mis ladillas con agua de mar y algas, pero un buen número de larvas
debieron sobrevivir. Me curé el cráneo con compresas de alga, lo que me hizo un
bien enorme, pero pasajero. Me tumbaba en la caverna y a veces miraba hacia el
horizonte. Veía por encima una gran extensión palpitante, sin islas ni
promontorios. Por la noche una luz iluminaba la caverna, a intervalos regulares.
Fue allí donde encontré mi frasquito, en el bolsillo. No se había roto, el
cristal no era auténtico cristal. Creía que el señor Weir me lo había quitado
todo. El otro estaba fuera la mayor parte del tiempo. Me daba pescado. Es fácil
para un hombre, cuando lo es de verdad, vivir en una caverna, lejos de todos. Me
invitó a quedanme todo el tiempo que me apeteciera. Si prefiriera estar solo me
acondicionaría encantado otra caverna, un poco más lejos. Me traería comida
todos los días y vendría de vez en cuando a asegurarse que marchaba bien y no
necesitaba nada. Era buena persona. Yo no necesitaba bondad. ¿No conocerás por
casualidad una caverna lacustre? dije. Soportaba mal el mar, sus chapoteos,
temblores, mareas y convulsividad general. El viento al menos se calma a veces.
Las manos y los pies me hormigueaban. El mar me impedía dormir, durante horas.
Aquí pronto me voy a poner enfermo, dije, y ¿qué habré conseguido entonces? Te
vas a ahogar, dijo. Sí, dije, o me arrojaré al acantilado. Y yo que no podría
vivir en otra parte, dijo, en mi cabaña de la montaña era muy desgraciado. ¿Tu
cabaña en la montaña? dije. Repitió la historia de su cabaña en la montaña, la
había olvidado, era como si la oyera por primera vez. Le pregunté si la
conservaba todavía. Respondió que no la había vuelto a ver desde el día en que
salió huyendo, pero que la creía aún en el mismo sitio, un poco deteriorada sin
duda. Pero cuando insistió para que cogiera la llave, me negué, diciéndole que
tenía otros proyoctos. Siempre me encontrarás aquí, dijo, si alguna vez me
necesitas. Ah la gente. Me dio su cuchillo.
Lo que él llamaba su cabaña era una especie de barraca de madera. Había
arrancado la puerta, para hacer fuego, o con cualquier otro fin. La ventana ya
no tenía cristales. El techo se había hundido por varios sitios. El interior
estaba dividido, por los restos de un tabique, en dos partes desiguales. Si
había tenido muebles nada quedaba ya. Se habían entregado a los actos más viles,
en el suelo y sobre las paredes. Excrementos poblaban el suelo, de hombre, de
vaca, de perro, así como preservativos y vomitonas. En una boñiga habían trazado
un corazón, atravesado por una flecha. No ofrecía sin embargo una perspectiva
armónica. Descubrí vestigios de ramos abandonados. Vorazmente arrancados,
arrastrados durante largas horas, acabaron por tirarlos, pesados, o ya
marchitos. Esta era la habitación de la que me habían ofrecido la llave.
En su conjunto la escena era la ya familiar de grandeza y desolación.
Era a pesar de todo un techo. Descansaba sobre un jergón de helechos que yo
mismo recogí con mil trabajos. Un día no pude levantarme. La vaca me salvó.
Aguijoneada por la niebla glacial venía a cobijarse. No era sin duda la primera
vez. No debía verme. Traté de mamarla, sin mucho éxito. Sus tetas estaban
cubiertas de excrementos. Me quité el sombrero y me puse a ordeñarla dentro,
acudiendo a mis últimas fuerzas. La leche se derramaba por el suelo, pero me
dije, No importa, es gratis. La vaca me arrastró por la tierra, deteniéndose tan
sólo de vez en cuando para propinarme una coz. No sabía que nuestras vacas
podían también portarse mal. Debieron ordeñarla recientemente. Agarrándome con
una mano a la teta, con la otra mantenía el sombrero en su sitio. Pero acabó por
hartarse. Porque me arrastró atravesando el umbral hasta los helechos gigantes y
chorreantes, donde me vi obligado a soltar la presa.
Bebiendo la leche me reproché lo que acababa de hacer. Ya no podría contar con
la vaca y ella pondría a las demás al corriente. Con más control sobre mí mismo
hubiera podido hacerme amigo de ella. Hubiera venido todos los días seguida
quizás de otras vacas. Hubiera aprendido a hacer mantequilla, queso. Pero me
dije, No, todo se andará.
Una vez en la carretera no tenía más que seguir la pendiente. Carretas pronto,
pero todas me rechazaron. Si hubiera tenido otras ropas, otra cara, se me
hubiera admitido quizá. Debí cambiar desde mi expulsión del sótano. La cara en
especial había debido alcanzar un aspecto decididamente climatérico. La sonrisa
humilde e ingenua ya no me aparecía, ni la expresión de miseria cándida,
penetrada de estrellas y cohetes. Las llamaba, pero ya no venían. Máscara de
viejo cuero sucio y peludo, no quería ya decir por favor y gracias y perdón. Era
una lástima. ¿Con qué iba yo a bandearme, en el futuro? Tumbado al borde de la
carretera me dedicaba a contorsionarme cada vez que oía venir una carreta. Para
que no imaginaran que dormía, o descansaba. Trataba de gemir, ¡Socorro! Pero el
tono que brotaba era el de la conversación corriente. Ya no podía gemir. La
última vez que había necesitado gemir lo había hecho, bien, como siempre, y eso
en la ausencia de cualquier corazón susceptible de ser partido. ¿En qué iba a
convertirme? Me dije. Volveré a aprender. Me tumbé de un lado a otro del camino,
en un sitio donde se estrechaba, de forma que las carretas no podían pasar sin
pasarme por encima, con una rueda al menos, o con dos si tenía cuatro. Al
urbanista de la barba roja, le habían quitado la vesícula biliar, una falta
grave, y tres días después moría, en la flor de la edad. Pero llegó el día en
que, mirando a mi alrededor, me encontré en los suburbios, y de aquí a los
viejos ámbitos no había más que un paso, más allá de la estúpida esperanza de
calma o de dolor más tenue.
Me tapé pues la parte baja de la cara con un trapo y fui a pedir limosna en un
rincón soleado. Porque me parecía que mis ojos no se habían apagado del todo,
gracias quizás a las gafas negras que mi preceptor me diera. Me había dado la
Ética de Geulincz. Eran gafas de hombre, yo era un niño. Le encontraron muerto,
desplomado en el W. C., con las ropas en un desorden terrible, fulminado por un
infarto. Ah qué calma. La Ética llevaba su nombre (Ward) en primera página, las
gafas le habían pertenecido. El puente, en aquella época, era de hilo de latón,
de la clase que se emplea para sujetar los cuadros y los grandes espejos, y dos
largas cintas negras servían de baranda. Las enroscaba alrededor de las orejas y
las abatía bajo la barbilla, donde las ataba. Los cristales habían sufrido, a
fuerza de frotarse en el bolsillo uno contra otro y contra los demás objetos que
allí se encontraran. Yo creía que el señor Weir me lo había cogido todo. Pero yo
ya no necesitaba esas gafas y no me las ponía más que para suavizar el
resplandor del sol. No debería haber hablado de ello. El trapo me hizo mucho
daño. Acabé cortándolo del forro de mi abrigo, no, ya no tenía abrigo, de mi
chaqueta entonces. Era un trapo más bien gris, o incluso escocés, pero me daba
por satisfecho. Hasta la tarde mantenía la cara levantada hacia el cielo del
mediodía, después hacia el de poniente hasta la noche. El platillo de madera me
hizo mucho daño. No podía utilizar el sombrero, por mi cráneo. En cuanto a
tender la mano, ni pensarlo. Me procuré pues una lata de hierro blanco y la
sujeté a un botón de mi abrigo, pero qué me pasa, de mi chaqueta, al nivel del
pubis. No se mantenía derecha, se inclinaba respetuosamente hacia el transeúnte,
no había más que dejar caer la moneda. Pero esto le obligaba a aproximarse
mucho, se arriesgaba a tocarme. Acabé procurándome una lata más grande, una
especie de gran lata, y la coloqué sobre la acera, a mis pies. Pero las gentes
que dan una limosna no les agrada tirarla, ese gesto tiene algo de desprecio que
repugna a los sensibles. Sin contar con que deben apuntar. Quieren dar, pero no
les gusta que la moneda se escape dando vueltas bajo los pies de los
transeúntes, o bajo las ruedas de los vehículos, donde cualquiera puede cogerla.
En resumen: no dan. Los hay evidentemente que se agachan, pero en general a la
gente que da una limonsa no le agrada que ello le obligue a agacharse. Lo que
realmente prefieren es ver al mendigo de lejos, preparar el penique, soltarlo en
plena marcha y oír el Dios se lo pague debilitado por el alejamiento. Yo no
decía eso, yo no he sido nunca muy creyente, ni nada que se le parezca, pero
lanzaba de todos modos un ruido, con la boca. Acabé procurándome una especie de
tablilla que me sujetaba con cordel al cuello y a la cintura. Sobresalía
precisamente a la altura justa, la del bolsillo, y su borde estaba lo
suficientemente apartado de mi persona para poder depositar el óbolo sin
peligro. Podía verse a veces en ella flores, pétalos, espigas, y briznas de esa
hierba que se aplica a las hemorroides, en fin lo que encontraba. No las
buscaba, pero todas las cosas bonitas de este tipo que me caían a la mano, las
guardaba para la tablilla. Se podía creer que yo amaba la naturaleza. Miraba al
cielo, la mayor parte del tiempo, pero sin fijarlo. Era una mezcla normalmente
de blanco, azul y gris, y por la tarde venían a añadirse otros colores. Lo
sentía pesando con suavidad sobre mi cara, frotaba la cara balanceándola de un
lado a otro. Pero a menudo dejaba caer la cabeza sobre el pecho. Entonces
entreveía la tablilla a lo lejos, borrosa y abigarrada. Me apoyaba en la pared,
pero sin el menor relajo, equilibraba mi peso de un pie al otro y me agarraba
con las manos las solapas de la chaqueta. Mendigar con las manos en los
bolsillos, da mal efecto, indispone a los trabajadores, sobre todo en invierno.
No hay nunca tampoco que llevar guantes. Había chicos que, simulando darme una
perra, arramplaban con todo lo que había ganado. Para comprarse caramelos. Me
desabrochaba, discretamente, para rascarme. Me rascaba de abajo arriba, con
cuatro uñas: Me hurgaba en los pelos, para calmarme. Ayudaba a pasar el tiempo,
el tiempo pasaba cuando me rascaba. El verdadero rascado es superior al meneo,
en mi opinión, y puede durar mucho, hasta los cincuenta, e incluso mucho
después, pero acaba por convertirse en una simple costumbre. Para rascarme no
tenía bastante con las dos manos. Tenía en todas partes, en mis partes, en los
pelos hasta el ombligo, bajo los brazos, en el culo, placas de eczema y de
psoriasis que podía poner al rojo con sólo pensar en ellas. Era en el culo donde
más satisfacción obtenía. Introducía el índice, hasta el metacarpo. Si después
debía defecar, me hacía un daño de perros. Pero apenas defecaba ya. De vez en
cuando pasaba un avión, poco rápidamente me parecía. Me sucedía a menudo, al
acabar la jornada, encontrar los bajos del pantalón mojados. Debían ser los
perros. Yo ya apenas meaba. Si por azar me entraban ganas, las calmaba
introduciendo un trapito en la bragueta. Una vez en mi puesto, no lo abandonaba
hasta la noche. Yo ya apenas comía, Dios cuidaba de mi sustento. Después del
trabajo compraba una botella de leche que bebía por la noche en la cochera. En
realidad le encargaba a un chico que la comprara, siempre el mismo, a mí no
querían servirme, no sé por qué. Le daba un penique por el servicio. Un día
asistí a una escena extraña. Normalmente no veía gran cosa. No oía gran cosa
tampoco. No me fijaba. En el fondo no estaba allí. En el fondo creo que no he
estado nunca en ninguna parte. Pero ese día debí volver. Desde hacía ya algún
tiempo me incordiaba un ruido. No buscaba la causa, porque me decía, Va a cesar.
Pero como no cesaba no tuve más remedio que buscar la causa. Era un hombre
subido al techo de un automóbil, arengando a los transeúntes. Al menos fue así
como entendí la cosa. Berreaba tan fuerte que retazos de su discurso llegaban
hasta mí. Unión... hermanos... Marx... capital... bifteck... amor. No entendía
nada. El coche se había detenido junto a la acera, ante mí, yo veía al orador de
espaldas. De repente se volvió y me cuestionó. Mirad ese pingajo, ese desecho.
Si no se pone a cuatro patas es porque teme el vergajo. Viejo, piojoso, podrido,
al cubo de la basura. Y hay miles como él, peores que él, diez mil, veinte mil—.
Una voz, Treinta mil. El orador continuó, Todos los días pasan delante de
vosotros y cuando habéis ganado a las carreras soltáis una perra gorda. ¿Os dais
cuenta? La voz, No. Claro que no, continuó el orador, eso forma parte del
decorado. Un penique, dos peniques—. La voz, Tres peniques. No se os ocurre
nunca pensar, continuó el orador, que tenéis enfrente la esclavitud, el
embrutecimiento, el asesinato organizado, que consagráis con vuestros dividendos
criminales. Mirad este torturado, este pellejo. Me diréis que es culpa suya.
Preguntadle a ver si es culpa suya. La voz, Pregúntaselo tú. Entonces se inclinó
hacia mí y me apostrofó. Yo había perfeccionado mi tablilla. Consistía ahora en
dos trozos unidos por bisagras, lo que me permitía, una vez acabado el trabajo,
plegarla y llevarla bajo el brazo, me gustaba hacer chapucillas. Me quité el
trapo, me metía en el bolsillo las escasas monedas que había ganado, desaté los
cordones de mi tablilla, la plegué y me la puse bajo el brazo. ¡Pero habla,
pedazo de inmolado! vociferó el orador. Después me fui, aunque fuera aún de día.
Pero en general el rincón era tranquilo, animado sin ser bullicioso, próspero y
conveniente. Aquél debía ser un fanático religioso, no encontraba otra
explicación. Se había quizá escapado de la jaula. Tenía una cara simpática, un
poco coloradota.
No trabajaba todos los días. Apenas tenía gastos. Conseguía incluso ahorrar un
poco, para los ultimísimos días. Los días en que no trabajaba me quedaba tumbado
en la cochera. Situada al borde del río, en una propiedad particular, o que lo
había sido. Esta propiedad, cuya entrada principal daba sobre una calle sombría,
estrecha y silenciosa, estaba rodeada por un muro, menos naturalmente por el
lado del río, que marcaba su límite septentrional, sobre una longitud de treinta
pasos más o menos. De frente, sobre la otra orilla, se extendían aún los
muelles, después un apelmazamiento de casas bajas, terrenos baldíos,
empalizadas, chimeneas, flechas y torres. Se veía también una especie de campo
de maniobras donde soldados jugaban al fútbol, todo el año. Sólo las ventanas
—no. La propiedad parecía abandonada. La verja estaba cerrada. La hierba invadía
los senderos. Sólo las ventanas del piso bajo tenían persianas. Las demás se
iluminaban a veces por la noche, débilmente, unas veces una, otras la otra,
tenía esa impresión. Podía ser cualquier reflejo. El día en que adopté la
cochera encontré un bote, la quilla al aire. Le di la vuelta, lo rellené con
piedras y pedazos de madera, quité los bancos y me hice la cama. Las ratas se
las veían negras para llegar hasta mí, por la inclinación de la quilla. Muchas
ganas tenían sin embargo. Fíjate, carne viviente, porque yo era a pesar de todo
carne viviente, hacía demasiado tiempo que vivía entre las ratas, en mis
alojamientos improvisados, para que tuviera una vulgar fobia. Tenía incluso una
especie de simpatía por ellas. Venían con tanta confianza hacia mí, se diría que
sin la menor repugnancia. Se hacían la tualet, con gestos de gato. Los sapos,
sí, por la tarde, inmóviles durante horas, engullen moscas. Se colocan en sitios
en donde lo cubierto pasa al descubierto, les gustan los umbrales. Pero se
trataba de ratas de aguas, de una delgadez y de una ferocidad excepcionales.
Construí pues, con tablas sueltas, una tapadera. Es formidable la de tablas que
he podido encontrar en mi vida, cada vez que tenía necesidad de una tabla allí
estaba, no había más que agacharse. Me gustaba hacer chapuzas, no, no mucho, así
así. Recubrí el bote completamente, hablo ahora otra vez de la tapadera. Lo
empujé un poco hacia atrás, entraba en el bote por delante, gateaba hasta la
parte de atrás, levantaba los pies y empujaba la tapa hacia delante hasta que me
cubría del todo. El empuje se ejercía sobre un travesaño en saliente fijado tras
la tapa a este efecto, me gustaban las chapucillas. Pero era preferible entrar
en el bote por detrás, sacar la tapa sirviéndome de las dos manos hasta que me
cubriera del todo y empujarlo en el mismo sentido cuando quisiera salir. Como
apoyo para mis manos coloqué dos grandes clavos, allí donde hacía falta. Estos
pequeños trabajos de carpintería, si es posible llamarlos así, ejecutados con
instrumentos y materiales improvisados, no me disgustaban. Sabía que acabaría
pronto, y representaba la comedia, verdad, la de—cómo llamarla, no lo sé. Me
encontraba bien en el bote, debo decirlo. Mi tapadera se ajustaba tan bien que
tuve que hacerle un agujero. No hay que cerrar los ojos, dejarlos abiertos en la
oscuridad, esa es mi opinión. No hablo del sueño, hablo de lo que se llama me
parece estado de vigilia. Por otra parte yo dormía muy poco en aquella época, no
tenía ganas, o tenía muchísimas ganas, no lo sé, o tenía miedo, no lo sé.
Tumbado de espaldas no veía nada, apenas vagamente, justo por encima de mi
cabeza, a través de los minúsculos agujeritos, la claridad gris de la cochera.
No ver nada en absoluto, no, es demasiado. Oía solamente los gritos de las
gaviotas que revoloteaban muy cerca, alrededor de la boca de los sumideros. En
un hervor amarillento, si tengo buena memoria, las inmundicias se vertían al
río, los pájaros revoloteaban por encima, chillando de hambre y de cólera. Oía
el chapoteo del agua contra el embarcadero, contra la orilla, y el otro ruido,
tan diferente, de la ondulación libre, lo oía también. Yo, cuando me desplazaba,
era menos barco que onda, por lo que me parecía, y mis parones eran los de los
remolinos. Esto puede parecer imposible. La lluvia también, la oía a menudo. A
veces una gota, atravesando el techo de la cochera, venía a explotar sobre mí.
Todo abocaba a un ambiente más bien líquido. El viento añadía su voz, no hay que
decirlo, o quizá más bien las tan variadas de sus juguetes. ¿Pero qué es todo
esto? Zumbidos, alaridos, gemidos y suspiros. Yo hubiera preferido otra cosa,
martillazos, pan, pan, pan, asestados en el desierto. Me tiraba pedos, es cosa
sabida, pero difícilmente seco, salían con un ruido de bomba, se fundían en el
gran jamás. No sé cuánto tiempo me quedé allí. Estaba bien en mi caja, debo
decirlo. Me parecía haber adquirido independencia en los últimos años. Que nadie
viniera ya, que nadie pudiera ya venir, a preguntarme si marchaba bien y si no
necesitaba nada, apenas ya me dolía. Me encontraba bien, claro que sí,
perfectamente, y el miedo de encontrarme peor se dejaba apenas sentir. En cuanto
a mis necesidades, se habían en alguna medida reducido a mis dimensiones y, bajo
el punto de vista cualitativo, tan super-refinadas que toda ayuda resultaba
excluida, desde ese ángulo. Saberme existir, por muy débil y falsamente que
fuera, por fuera de mí, tenía en otra época la virtud de conmoverme. Se
convierte uno en un salvaje, forzosamente. A veces se pregunta uno si estamos en
el buen planeta. Incluso las palabras te dejan, con eso está dicho todo. Es el
momento quizá en que los vasos dejan de comunicar, ya sabes, los vasos. Se está
aquí siempre entre los dos rumores, sin duda es siempre el mismo pedazo, pero
cáspita nadie lo diría. Me ocurría a menudo querer correr la tapadera y salir
del bote, sin conseguirlo, tan perezoso y débil estaba, y muy en el fondo donde
me encontraba. Lo sentía todo cerca, las calles glaciales y tumultuosas, las
caras aterradoras, los ruidos que cortan, penetran, desgarran, contusionan.
Esperaba entonces que las ganas de cagar, o de mear al menos, me dieran fuerzas.
¡No quería ensuciar mi nido! Lo que me sucedía sin embargo, e incluso cada vez
más a menudo. Me bajaba los pantalones arqueándome, me volvía un poco de lado,
lo justo para despejar el agujero. Labrarse un reino, en medio de la mierda
universal, para después cagarse encima, era muy mío. Eran yo, mis inmundicias,
es cosa sabida, pero aún así. Basta, basta, las imágenes, aquí estoy abocado a
ver imágenes, yo que nunca las vi, salvo a veces cuando dormía. Creo que no las
había visto nunca, en puridad. De pequeñín quizá. Mi mito lo quiere así. Sabía
que eran imágenes, puesto que era de noche y estaba solo en mi bote. ¿Qué podía
ser aquello si no? Estaba pues en mi bote y me deslizaba sobre las aguas. No
tenía que remar, el reflujo me llevaba. Además no veía remos, habían debido
llevárselos. Yo tenía una tabla, un trozo de banco quizá, que utilizaba cuando
me acercaba demasiado a la orilla o cuando veía acercarse un montón de detritus
o una chalupa. Había estrellas en el cielo, grato. No veía el tiempo que hacía,
no tenía frío ni calor y todo parecía tranquilo. Las orillas se alejaban cada
vez más, lógico, ya no las veía. Raras y débiles luces marcaban la separación
creciente. Los hombres dormían, los cuerpos recuperaban fuerzas para los
trabajos y alegrías del día siguiente. El bote no se deslizaba ya, saltitos,
zarandeado por las olitas del alta mar incipiente. Todo parecía tranquilo y sin
embargo la espuma se colaba por la borda. El aire libre me rodeaba ahora por
todas partes, no tenía más que el abrigo de la tierra, y poca cosa es, el abrigo
de la tierra, en esas condiciones. Veía los faros, hasta un total de cuatro,
pertenecientes a un barco-faro. Los conocía bien, de pequeñín ya los conocía.
Por la tarde, estaba con mi padre sobre un promontorio, me cogía de la mano.
Hubiera deseado que me atrajese hacia sí, en un gesto de amor protector, pero en
eso estaba pensando. Me enseñaba igualmente los nombres de las montañas. Pero
para acabar con las imágenes, veía también las luces de las boyas, parecían
llenarlo todo, rojas y verdes, incluso ante mi extrañeza amarillas. Y en el
flanco de la montaña, que ahora desgajada se alzaba tras la ciudad, los
incendios pasaban del oro al rojo, del rojo al oro. Yo sabía muy bien lo que
era, era la retama que ardía. Yo mismo cuántas veces habría encendido el fuego,
con una cerilla, siendo pequeño. Y mucho más tarde, de vuelta a casa, antes de
acostarme, miraba desde mi alta ventana el incendio que había prendido. En esta
noche pues, plagada de débiles parpadeos, en el mar, en tierra y en el cielo,
bogaba a merced de la marea y las corrientes. Noté que mi sombrero estaba atado,
por un cordoncillo sin duda, a mi botonadura. Me levanté del banco, en la parte
de atrás del bote, y un enérgico campanilleo se hizo oír. Era la cadena que,
fijada a la parte de alante, acababa de enrollarse alrededor de mis caderas.
Debí desde el principio practicar un agujero en las tablas del fondo, porque
aquí me tenéis de rodillas intentando soltarlo, con la ayuda del cuchillo. El
agujero era pequeño y el agua subiría lentamente. Todavía una media hora, en
total, salvo imprevistos. Sentado de nuevo en la popa, con las piernas estiradas
y la espalda bien apoyada contra el saco relleno de hierba que me servía de
cojín, me tragué el calmante. El mar, el cielo, la montaña, las islas, vinieron
a aplastarme en un sístole inmenso, después se apartaron hasta los límites del
espacio. Pensé débilmente y sin tristeza en el relato que había intentado
articular, relato a imagen de mi vida, quiero decir sin el valor de acabar ni la
fuerza de continuar.