Jaime Bayly - Mi último partido de fulbito




     Mi hermano menor partía a Colorado y, aprovechando que los ocho hermanos
     nos encontrábamos en Lima, decidimos jugar un partido de fulbito para
     despedirlo. No imaginé que sería también mi despedida del fulbito.

     El último partido que había jugado me había dejado bastante maltrecho. Fue
     un áspero encuentro deportivo en una cancha de cemento de Viña del Mar. En
     aquella ocasión, ejecuté una maniobra llena de picardía, hamacándome como
     Rivaldo, y sufrí dos consecuencias igualmente dolorosas: las risotadas de
     mis rivales y los tres días que pasé en cama con un desgarro muscular.

     -Nunca más jugaré fulbito -le dije a Sandra, cuando llegué a Lima, todavía
     tieso por el dolor.

     -Siempre dices lo mismo- respondió ella con resignación-. Te apuesto que
     en un par de meses volverás a jugar.

     -Te equivocas -le dije, serísimo-. Esta vez mi retiro es para siempre.

     Pero ella tenía razón. Mis hermanos me invitaban a jugar un partido para
     despedir al menor y no podía defraudarlos. Siendo yo el mayor, fui víctima
     de burlas y habladurías sobre mi avanzada edad y mis diversos achaques, y
     por eso decidí jugar con ellos para demostrarles que todavía podía pisar
     la pelota finamente y encarar al rival con claro espíritu pendenciero.

     -Te prometo que será el último partido -le dije a Sandra antes de salir
     hacia Cieneguilla, un sábado soleado y prometedor, amarrándome las
     zapatillas, respirando hondamente, para darle al momento una cierta
     solemnidad torera.

     -Cuando vengas cojeando, no me pidas que te eche cremitas -me dijo ella,
     previsora.

     -No estoy tan viejo, baby. Voy a meter tres goles hoy. La clase nunca
     muere.

     Quemaba sin piedad el sol allá arriba en Cieneguilla cuando, en una cancha
     de pasto mal recortado, y bajo la atenta mirada de algunos sobrinitos, los
     ocho hermanos nos alineamos en un equipo imbatible y enfrentamos, seguros
     de la victoria, a un puñado de trabajadores de casas vecinas, ocho
     humildes nativos de esos áridos cerros sin historia. El capitán de
     nuestros rivales se llamaba Melanio. Era un jovencito esmirriado, de corta
     estatura y mirada se diría que asustadiza.

     -Les vamos a romper el orto -le dije, dándole la mano, tratando de
     intimidarlo.

     Melanio sonrió y pidió plata:

     -Cien soles al equipo ganador.

     -Trato hecho -contesté, desafiante.


     Cuando comenzó el partido, y tras echar un vistazo a nuestros adversarios,
     más bien bajitos y de muy enjuta contextura, supe que ganaríamos y que les
     daría una lección inolvidable de buen fútbol a esos ocho sibilinos
     habitantes de Cieneguilla que, creyendo que no los oía, susurraban:

     -Es el ex niño terrible, el que salía con Coco Marusí.

     -Enanos insidiosos, pigmeos maledicentes, los vamos a hacer papilla- me
     dije, antes de persignarme y rogarle al Altísimo que me concediera la
     gracia de marcar un par de golcitos justicieros.

     Apenas a los cinco minutos de juego, aún no había tocado la pelota y ya
     nos habían metido tres goles. Yo había pedido, además de la capitanía, el
     puesto (incomprendido) de líbero, como último hombre, para conjurar las
     emboscadas rivales, pero llegaba siempre tarde y no alcanzaba a detener a
     esos agilitos giles de Cieneguilla, especialmente a Melanio y su hermano
     Magdaleno. Al ver que mis hermanos se quedaban cómodamente en las
     posiciones de avanzada, víctimas sin duda de una feroz resaca, perdí la
     paciencia y apelé a mi condición de capitán y hermano mayor:

     -¡Bajen, pues, carajo!

     -No jodas, oye -fue la respuesta de uno de ellos, que zigzagueaba no por
     su habilidad innata sino porque corrían por sus venas botella y media de
     whisky que había bebido la noche anterior en una esquina de Punto G.

     Comprendí que nuestro equipo estaba diezmado por el trago y la mala noche.
     No sería fácil ganar. El partido recién comenzaba y mis hermanos y yo
     resoplábamos como toros viejos y malheridos, mientras esos enanos
     picarones nos escondían la pelota y corrían a una velocidad malsana, que
     hacía imposible neutralizarlos o al menos aplicarles un severo planchazo.

     -Estamos jodidos -le dije a mi hermano Arturo, que me acompañaba en la
     defensa.

     -Hay que probar de lejos -dijo él, y poco después reventó la pelota y
     colgó al arquero, primo de Melanio y Magdaleno, igualmente chaparrito, de
     nombre Malvino (en honor a las islas Malvinas, según me contó al terminar
     el partido).

     Poco después me quedó una pelota mansita para meter el derechazo seco y
     letal. Supe que sería gol antes de patear. Después de patear, supe que no
     le había dado a la pelota sino al césped y que me había roto la uña del
     dedo gordo.

     -¡Foul! -grité, pero nadie me hizo caso, el enano Magdaleno se rió en mi
     cara y, aprovechando mi doloroso traspié, nos metieron un gol más.

     No podía correr bien, el dolor crecía en el pie derecho, pero de ninguna
     manera me rendiría: teníamos que ganar ese maldito partido y dejar en alto
     el honor familiar ante la falta de respeto de esos jardineros de nombres
     improbables. Lo cierto es que, a pesar de mis esfuerzos, no veíamos una y
     ellos seguían dándonos un baile.


     -¡Corran carajo! ¡Marquen! ¡No se queden arriba esperando la pelota! -les
     grité a tres hermanos, que, buscando la sombra de un árbol, parecían
     extrañar la penumbra de Teatriz, donde habían pasado la noche bailando y
     sobre todo libando desmesuradamente.

     -Échate agua, oye. Tampoco es la copa intercontinental -escuché con
     amargura.

     No hay duda: las nuevas generaciones no sudan la camiseta como la
     sudábamos antes; se abandonan con facilidad al cinismo y la apatía.

     -¡Pusilánimes! -les grité, tras encajar el sexto gol-. Si esto fuera una
     fiesta rave, ahí sí se moverían felices.

     Nada cambió en el segundo tiempo. Nos metieron cuatro goles más. Mis
     hermanos y yo, ocho zombis fatigados, dimos un espectáculo bochornoso y no
     pudimos siquiera urdir una jugada mínimamente vistosa. Dos de ellos, cuyos
     nombres omito por respeto, tuvieron que correr al baño para evacuar
     bucalmente los residuos de la mala noche. El menor, el que se iba a
     Colorado, me mandó al carajo cuando le pedí que tocase en primera porque
     estaba complicando la salida:

     -Yo por lo menos le doy a la pelota -fue su respuesta, y yo sentí que
     nuestras relaciones fraternales se avinagraban aceleradamente, pues
     contesté:

     -Ojalá aprendas a esquiar en Colorado, porque jugando fulbito eres un asno.

     Extenuado, disminuído por el dolor de uña, irritado por las risitas
     burlonas de nuestros rivales, decidí meter la pierna fuerte y dejarle un
     recuerdo cariñoso a uno de esos enanos insolentes que nos iban ganando
     diez a uno. Aproveché una pelota dividida para meterle un puntapié artero
     al de polito azul, cuyo nombre ignoro pues le gritaban Chibolín. Este
     joven aguantó estoicamente mi embestida, siguió multiplicádose y, a juzgar
     por su mirada rencorosa, prometió venganza. En efecto, cuando lo encaré y
     metí un pique corto pegadito a la raya, se barrió en una carretilla
     miserable que acabó con mi canilla derecha, con el partido y con mi vida
     fulbitera. Tan desgarrados fueron mis gritos de dolor que uno de mis
     hermanos (el único que tenía brevete) me llevó a la posta médica de
     Cieneguilla, donde no pude ser atendido porque el médico de turno se había
     ido a la procesión de la Virgen Inmaculada.

     El final del partido fue bien triste: no me despedí de mi hermano menor,
     pues terminamos peleados, intercambiando recriminaciones, él alegando que
     rifé muchas bolas, yo quejándome porque nunca bajó a colaborar en la
     defensa; tuve que pagarle cien soles a Melanio y aguantar que me dijera
     Jaimito, se nota que lo tuyo es la tele; y manejé de regreso a casa con la
     uña rota, luxación de tibia y peroné y una rabia infinita empozada en el
     alma.

     -Nunca más juego fulbito -le dije a Sandra, cuando entré cojeando a la
     casa-. ¡Nunca más!

     -Nunca más -dijo ella, sonriendo.