De Charles Asselineau - La Segunda Vida




     "Sed postquam fata peregrit. Stat vultu maestus tacito, mortemque
     reposcit."
     Lucanus
     Puesto que estamos muertos y no tenemos nada mejor que hacer hasta el día
     de la resurrección, que contarnos recíprocamente y hasta el hastío
     nuestras historias, oh, muerto vecino, haz como yo: siéntate con comodidad
     sobre tu tumba y escucha el relato de mis aventuras en el mundo de los
     vivos.
     No te divertirás, estoy seguro, la primera vez, te aburrirás la segunda y
     quedarás abrumado la tercera; pero, como estoy amenazado por tu parte de
     mismo procedimiento, te ruego, para nuestro común interés, paciencia.
     Entérate, primeramente, que he muerto dos veces, lo que me da sobre ti
     alguna ventaja.
     La noche es bella, algo fresca, y ya no tenemos miedo de resfriarnos...
     Por eso, mientras nuestros hermanos tienen conciliábulo, allá en la
     colina, alrededor de la capilla, donde se lamentan tras los abetos del
     recuerdo de sus amores pasados y de sus riquezas perdidas, escucha muerto,
     vecino, cómo me dejé ahogar la primera por la desesperación; y cómo,
     vuelto al mundo bajo cierta condición, después de algún tiempo, regresé
     por el mismo camino para venir a ocupar, después de ti, esta tumba. En la
     que no me encuentro tan mal; desde que se levanta el sol hasta la salida
     de la luna.
     Mi nombre, en la Tierra, era... Soy de una familia de gente de toga, más
     rica que acomodada. Era joven ya que mi acta de defunción no me da más que
     veinticuatro años de edad. Era apuesto, rico y, sin embargo, no era feliz
     ... Encontrarás la frase común, vecino, me doy cuenta; pero tenme
     paciencia, como te he pedido, porque pretendo probarte que, aunque mis
     frases sean vulgares, mis desdichas no lo son.
     Joven, buen mozo, rico, para ser feliz me hubiera bastado seguir paso a
     paso los senderos estrechos de la vida. Por otra parte, esa triple
     ventaja: la juventud, la belleza y la riqueza, tenía para mí de especial
     que correspondía a los tres principales vicios de mi naturaleza: era
     vanidoso y podía vanagloriarme de mi figura; en fin, me gustaba vivir,
     disfrutar del sol, vagar sin meta por los bosques y los senderos, y tenía
     por delante largos años para entregarme a mi inclinación.
     Ignoro, vecino, si en el curso de tu existencia has reflexionado alguna
     vez. (Esa duda, además, no podía ser de mi parte una injuria, porque
     actualmente no me han demostrado que el hombre que piensa valga más que
     aquel que conserva la virginidad de sus facultades racionales). Sea lo que
     fuere, si lo has hecho, ¿no has quedado impresionado por la utilidad de la
     desdicha en la vida humana?.
     El primer sabio que ha dicho que la vida es una lucha, fue profundo. Hay
     (¿no lo has notado?) en la vida de todo hombre entre la adolescencia y la
     edad viril, un período de malestar y de inercia durante los cuales sus
     facultades están como suspendidas: aumenta, disminuye, su desarrollo se
     realiza, el pensamiento confuso se diluye en ensueños vagos y estériles.
     Es por así decirlo un tiempo detenido, durante el cual el hombre se
     asegura interiormente de sus fuerzas y busca comprender de que lado vendrá
     el enemigo. De todos modos él camina a su encuentro; cuando lo percibe,
     corre hacia él. La lucha comienza y con ella la vida. Hasta aquí no ha
     hecho más que vegetar, armarse para el combate.
     La beatitud inerte del paraíso no es una vida soportable -una vida humana,
     se entiende -, tampoco nuestro primer padre pudo soportarlo. No tenía para
     escapar de este estúpido Edén, más que un agujero grande como la mano y
     obstruido de amenazas y maldiciones: se precipitó, pues estaba en su
     naturaleza elegir la desdicha con escandalizarte, diría que al actuar de
     este modo no hacía más que obedecer a la voluntad del Creador. Si la Caída
     del Hombre no estaba en los planes de Dios, ¿por qué no puso la fruta
     fatal a la altura de un roble, en lugar de suspenderlo en las ramas de un
     manzano pequeño?. Pero no, él quería darle la sabiduría y más, el mérito
     de recogerla él mismo. Así, en el misterio del paraíso perdido, la
     serpiente no fue más que una cómplice.
     Este seguro, para terminar, que si todos los males de este mundo, entrarán
     cada año en la caja de Pandora el día de fin de año, terminaría
     indudablemente rota el primero de enero.
     Pero cerremos el paréntesis y retomemos mi historia.
     ¿De dónde pudo venir para mí la desdicha, rodeado, como estaba de todas
     las formas externas de la felicidad? No tenía más que un recurso debía
     buscar en mí mismo.
     Aquí mi querido vecino, perdona que me detenga y que marque con tono épico
     esa hora solemne en la que la vida, la verdadera vida, comienza para mí.
     Tú eres, me lo has dicho, parisino, como yo; debes recordar esos rostros
     jóvenes y pálidos, sostenidos por sus curvos espinazos, humillados que
     harás visto muchas veces, pasando lentamente por calles y galerías. El
     tipo que las codea sólo ve de ellas el vestido negro, que le parece más
     rico que su blusa y que envidia. Insulta sus fatigas estériles, sus
     mecanismos que giran en el vacío, y las considera... ¡felices!.
     ¡Ah, mil veces más dichoso tú, que sólo tienes que luchar contra
     obstáculos visibles y tangibles; tú, para quién cada golpe de martillo es
     una conquista y que te duermes todas las noches con la frente bañada en el
     sudor saludable del trabajador.
     Rostros pálidos, vestidos negros, entregadas a la desesperación y a la
     impotencia. ¡Ah, cómo las conozco! ¡Cuántas veces he cambiado con ustedes
     una mirada simpática! ¡Cuántas veces he frotado mi codo contra las caderas
     fraternales ¡ Nuestros padres nos fatigaron con los poemas de Moscú y del
     Berezina; contaban la gloria con usura. Pero ningún pincel retratará jamás
     esa atroz retirada de Rusia, esa fúnebre caída de carnaval, ejecutada por
     una generación de semimuertos, de inválidos de pensamiento, de Prometeos
     de túnicas sucias y de Sísifos harapientos. ¡Ah, qué roca no parecerá
     fácil cuando rueda, a esas pobres almas, estrujadas durante toda una vida
     entre dos terribles cilindros: la ambición y la impotencia!
     Ignoro, vecino, si me has comprendido; lo dudo. Pero en fin ¡ yo era uno
     de esos! También yo debía esconder al zorro bajo mi manto, interrogar los
     muros con ojos indiferentes y pedir cuenta a Dios de la desigualdad de mis
     fuerzas y mis deseos.
     Mi vestido puede parecer menos deshilachado, porque yo tenía dinero
     suficiente para renovarlo. ¿Pero eso que importa?
     Amistad, amor, odio, son los tres complementos de toda vida. Yo tenía un
     amor, un amigo y un enemigo: mi amigo, el bueno, el rubio Schmidt, el
     pintor; mi amor, la baronesa Lidia, una coqueta; mi enemigo, el pianista
     Gatien, una bestia chata y maligna.
     Después de esto, si esperas una historia de amor, sobre todo de amor
     común, te equivocas. Entre nosotros el amor no tiene lugar en la vida más
     que en razón de los sentimientos contingentes que desarrolla. Desde el día
     en que amé a Lidia, ella me adjudicó como rival y enemigo al músico
     Gatien. Hago justicia, vecino: ya no es el momento, ni el lugar más
     adecuado para la coquetería. Pero en verdad yo rea incomparablemente más
     bello que ese Gatien. Él tenía un rostro de insecto. Ojos de cangrejo,
     manos de buey. Las mías, constantemente frotadas con crema de almendras
     finas, eran blancas y lisas como las de una duquesa; el óvalo de mi rostro
     era perfecto, mi cabellera abundante; mis ojos bien colocados bajo la
     línea de mis cejas dibujadas como por un pincel.
     Digamos, para terminar el retrato de Gatien, que según la definición de
     sus compinches, tenía en la punta de los dedos el 'ingenio' que la gente
     honesta acostumbra tener en la cabeza. Entiendo el estilo de un artista, y
     tengo bajo el cuero cabelludo cosas que no existen por cierto en los dedos
     de Gatien. Cuantas veces, cuantas veces me dije: si yo fuera baronesa, una
     bella mujer y además inteligente, pues bien ... ¡ me tomaría a mí mismo
     como amante!
     Y de hecho, ella, al aceptarme, no fue tan desdichada.
     Quería serlo. Ignoro qué fatalidad la hizo encaprichar por esa manivela
     organizada, por ese cilindro giratorio que por las noches vestía un frac
     azul con botones dorados y tocaba las variaciones de Thalberg y de
     Moscheles; fantasía inexplicable, vértigo contra el cual luchaba sola. Con
     frecuencia durante nuestros paseos matinales entre las lilas en flor, la
     vi atenta a mis palabras; su semblante lánguido parecía decirme: "¡Tú
     tienes más inteligencia que Gatien!"
     Pero, por la noche ... oh, las noches eran fatales para mí, el cilindro se
     ponía en movimiento y arrastraba en su esfera de actividad, como la rueda
     del molino se traga al nadador, el corazón y los pensamientos de la
     baronesa.
     Una noche soñé: me veía en su salón magníficamente iluminado, rodeado de
     numerosa compañía. Gatien y la baronesa estaban allí también. Yo estaba
     sentado junto a Lidia y mientras ellos hablaban jugaba con el extremo de
     su cinturón.
     De golpe hubo un gran movimiento entre la gente: Gatien se sentó al piano.
     La baronesa tiró vivamente de su cinturón: él había visto.
     Mi enemigo preludió algunos compases con facilidad. Su idiota cara se
     agrandaba ante la idea del éxito que iba a recoger.
     Comenzó: pero, desde los primeros compases un malestar singular se apoderó
     del auditorio; hubo exclamaciones los más tímidos se miraron entre sí. ¡El
     instrumento no sonaba!.
     Cada nota tocada por Gatien sonaba bajo sus dedos como un seco y apagado
     de una plancha golpeada por un martillo.
     El músico intentó en vano luchar contra esa resistencia: sus dedos se
     crispaban y se retorcían, su rostro se contorsionaba, ¡pero nada! Las
     gamas más sabias y complicadas solo lograban reproducir el ruido
     estridente de una fábrica.
     De pie en el fondo del salón yo veía las cabezas de los asistentes
     balancearse en un movimiento uniforme y rítmico, en señal de descontento.
     La dueña de la casa, encantadora joven peinada con plumas, iba de un
     extremo al otro como para aplacar las murmuraciones.
     Pronto el teclado, siempre resistente, subió, subió y levantó las manos
     del ejecutante hasta su mentón; un rugido parecido al del lejano trueno
     salió de la caja de armonía.
     El balanceo de las cabezas se volvió furioso y debajo de esta marea de
     cráneos en movimiento, el gracioso rostro de madame C revoloteó sonriente
     agitando sus marabús.
     Gatien seguía luchando. Su cara tenía la expresión del más vivo terror y
     hacía las muecas más grotescas. La rodeaba sus ojos, y hacía surgir por
     detrás de las sienes dos larga orejas peludas entre las cuales, la
     movediza cabeza de madame C fue a posarse, mientras decía con una sonrisa
     que mostraba sus nacarados dientes como perlas:
     - ¡Un asno, es un asno!
     En ese momento no sé que fuerza sobrenatural me llevó hasta un ángulo del
     piano. Gatien había desaparecido y en su lugar apareció un desconocido de
     cara vaga, que me dijo en mal alemán:
     - Estoy a sus órdenes.
     En efecto, sin que me lo pudiera explicar, un violín colgaba de mi mano
     izquierda y un arco de mi mano derecha.
     - Adelante - gritó mi acompañante.
     Apoyé el arco sobre las cuerdas ... ¡ tocaba, tocaba, señor! O mejor dicho
     cantaba, hablaba, porque me parecía que el sonido salía de mi pecho para
     pasar al instrumento. De pronto no hubo más violín ni arco; mi brazo
     derecho cruzado sobre mi brazo izquierdo ejecutaba como se me daba la gana
     toda la gama de los arpegios. Piensa que lo que yo ejecutaba no era
     música: hablaba. La baronesa, Gatien, mi amor, mis celos, mi odio, todo se
     unía al ímpetu de la pasión, con la facilidad del discurso.
     A veces dirigía a Lidia tiernos reproches recordándole nuestros paseos por
     el jardín de su casa, otras la abrumaba recriminándole su gusto loco por
     aquel animal de la más vil especie; luego la hería irguiéndome en toda mi
     altura, y entonces, cantaba, en un tono muy elevado, el himno de la pasión
     heroica. Y Lidia, soportando a su vez los sentimientos que yo expresaba, a
     veces me sonreía atenta, otras se replegaba humillada y otras me imploraba
     con lágrimas.
     Continué mucho tiempo asía: finalmente sucumbí a la violencia misma de mi
     emoción, embriagado, delirante, me interrumpí y volví a mi sitio en medio
     de aplausos frenéticos.
     Lidia me esperaba deslumbrada, domada, suplicante: "Oh - me decía- ámame,
     yo te amo, déjame quererte!"
     Me amaba.
     ¿Cómo describir los pensamientos que me asaltaron al despertar? ¿Acaso ese
     sueño era un presagio, una revelación? ¿O era una broma amarga de la
     casualidad?
     Quise tener el corazón calmo y, durante los días que siguieron devoré
     todos los tratados oníricos que pude encontrar.
     Me detuve en un pasaje de la Symbolique de Pernetius:
     "Durante el sueño el alma deja el cuerpo que habita y se va donde le
     place. Eso que nosotros llamamos sueño no es más que el recuerdo vago e
     incompleto de otra vida. Es así que entrevemos en el sueño países que no
     hemos visitado. De ahí proviene también que al despertar recordemos cosas
     que no hemos hecho, y que haremos sin duda al día siguiente, si nuestros
     recuerdos fueran menos incompletos y más precisos."
     Así, si pudiera dar a mis dedos el recuerdo de lo que hicieron la noche
     anterior, me convertiría en realidad en el virtuoso que era en mis sueños.
     Esta idea no me abandonaba nunca.
     Me confesé un día con Schmidt mientras él trazaba un paisaje encantador
     que veo aún.
     Era, recuerdo, una hermosa mañana de abril. Una luz fresca y alegre
     inundaba el taller; un ramo de lilas, colocado sobre la ventana, se
     balanceaba en el viento, enviándonos en cada ráfaga una bocanada de
     perfume.
     Schmidt, la mirada ardiente, la frente mojada, los labios húmedos,
     trabajaba con entusiasmo; su mano aleteaba sobre la tela hábilmente y sin
     nerviosidad.
     - ¿Schmidt -le pregunté-, es muy difícil lo que haces?
     La pregunta no merecía respuesta.
     - ¿Crees -insistí- que yo podría hacer lo mismo?
     Sonrió.
     Le expuse después la teoría de Pernetius e intenté probarle que, si
     durante la noche mi alma habitaba el cuerpo de un pintor y si ella
     guardaba hasta el día siguiente el recuerdo de lo que había experimentado
     durante la noche, yo podría ser al despertar tan hábil como él.
     Schmidt, inculto como paisajista y positivista como trabajador que era,
     trató a Pernetius de visionario y me demostró que sus diez años de trabajo
     no eran indudablemente un sueño.
     Pero insistí, ¿si te ha llevado diez años aprender lo que sabes no puedes
     suponer que concentrándose en un instante el esfuerzo de diez años podrías
     atrapar la cosa en el momento? ¿Cuánto tiempo le llevaría a un hombre
     mediocre comprender lo que Miguel Angel realizó en poco tiempo? Se dice
     que el genio es dueño de la paciencia, sin darse cuenta que es hacerlo
     descender a la altura de los tercos y de los imbéciles. El genio es la
     voluntad concentrada.
     Discurrí tan largamente sobre los motivos metafísicos, que Schmidt, como
     alemán que era, terminó pro suplicarme que cambiara de tema o que me
     fuera.
     Salí.
     Pero la entrevista había cambiado el curso de mis pensamientos: ya no se
     trataba de sueños, ni de peregrinaciones del alma, ni de apresar un
     recuerdo confuso.
     Igualar el poder y el querer, combinar en un impulso supremo el esfuerzo
     de diez años, éste era ahora el problema.
     Y de hecho, pensé ¿no es tan ridículo creer que esos hombres, más divinos
     para nosotros que los dioses mismos, Rafael, Colón, Milton, Galileo,
     encontraran en el universo un rincón donde su inteligencia tan penetrante
     no hubiera podido reflejarse? Caramba, Rafael tenia en la mano un arco y
     un violín que no podía utilizar, cuando, con menos de seis meses de
     estudio el último mocoso de Roma podía obtener acordes satisfactorios.
     ¿Creerás que desde ese momento sólo me importó comprar un violín y ponerme
     a experimentar mi sistema? Oh, ¡cómo te equivocas! Sin duda la prueba era
     fácil, pero era decisiva y yo tenía miedo.
     A veces me sorprendía en la soledad, tomándole el pulso, por así decirlo,
     a mi voluntad. Y si en ese momento me llegaba a encontrar cierto grado de
     potencia, entonces -me avergüenza decirlo- me levantaba, doblaba el brazo
     izquierdo, extendía el derecho y maniobraba en el vacío. ¡Un violín! Mi
     amor, mi alegría, mi venganza, mi vida entera había pasado al violín, éste
     se había convertido en el móvil de mis esperanzas y mis creencias. También
     tenía por él ese sentimiento de alejamiento supersticioso que los negros
     de Guinea tienen por sus ídolos: el sonido me hacía erizar los cabellos;
     la sola vista del instrumento descansando en su caja me daba vértigos; sus
     caderas redondeadas, sus entradas sugerentes, su esternón curvado me
     emocionaban más vivamente que la Venus de Milo posando viva y desnuda
     delante de mí.
     Por otra parte la baronesa cada vez más enloquecida con su pianista, me
     trataba cada día peor.
     Y lógicamente yo la amaba cada día más.
     Un día recibí una tarjeta de invitación para una velada próxima. Como
     tenía muchos motivos para suponer que allí encontraría a Lidia, resolví ir.
     Pero la tarjeta llevaba un post scriptum: Habrá música. ¡Gatien, siempre
     Gatien!.
     A fuerza de reflexionar me pareció ver en esta fatalidad que nos reunía
     sin cesar, una provocación, un desafío que el destino me lanzaba para que
     me decidiera a terminar con mi vida.
     ¿Qué arriesgaba yo en efecto? La medida de la desdicha no se había colmado
     para mí. No podía vivir sin el amor de Lidia y para conseguirlo no tenía
     más que un recurso, destruir en su espíritu la falsa superioridad de mi
     rival. El medio al que recurriría era terrible y en caso de fallarme no me
     quedaba más que morir.
     Pero, ¿era esto vivir: prolongar las pesadillas en las que me debatía
     desde hacía tantos días? ¿Quién podía decirme por otra parte que las
     miradas de la muchedumbre, el temor de un mortal ridículo en presencia de
     mi amada y de mi rival no eran obstáculos necesarios para exaltar mi
     voluntad? Lo intentaría entonces, bajo sus ojos, delante de ella, en
     público; allí estaba el peligro supremo, y tal vez quizás el triunfo.
     Una vez tomada esta resolución entré en esos estados de calma siniestra
     que preceden a los grandes golpes. Me miraba vivir, observaba mis menores
     actos con el interés que se observan los últimos gestos de un moribundo.
     Llegó el día, me vestí con una lentitud solemne: el tocado del condenado.
     Durante el trayecto me sorprendió no oír alrededor del coche el ruido de
     la caballería, a tal punto me parecía marchar hacia una ejecución.
     Cuando llegué el salón estaba repleto.
     Busqué los ojos de mi baronesa; había un lugar vacío junto a ella y corrí.
     Al sentarme quedé como aterrado ante una revelación singular: el salón
     donde me encontraba era exactamente igual al que yo había visto en sueños
     algún tiempo antes; todo, hasta los detalles de la iluminación, la
     disposición de los grupos, coincidían con mis recuerdos. Reconocí incluso
     rostros que estaba seguro no haber visto en ninguna parte fuera de mi
     sueño. En fin, el lugar que ocupaba junto a Lidia, su arreglo, era el
     lugar que yo había ocupado y tenía el arreglo que le había visto llevar
     aquella noche.
     ¿A qué plan o a quién respondía esto?
     Una última circunstancia me quedaba por verificar antes de tomar una
     decisión: ¿Gatien estaba presente? ¿Vendría? ¿Intentaría ejecutar la
     música y su pretensión se volvería contra él, avergonzándolo? Tales eran
     los pensamientos que me ocupaban, mientras mi vecina, sorprendida por el
     estado en que me veía, sorprendida aún más al no obtener respuesta a las
     palabras que probablemente me dirigía, me observaba con una especie de
     temor. Gatien apareció. No sé si era efecto de mi preocupación, pero me
     pareció que su rostro estaba pálido, y se mostraba turbado. Se sentó de
     todos modos y pasó las manos por las teclas. Se hizo el silencio. Dos o
     tres veces mi rival volvió los ojos hacia el lugar donde estaba Lidia y
     cada vez que mi mirada se cruzaba con la suya bajaba los ojos.
     Es evidente que desde el principio pareció a todos por debajo de su
     talento. De pronto, como atacado por un malestar súbito, se interrumpió y
     se inclinó en el asiento murmurando algunas excusas.
     Me levanté. Un general de los ejércitos dando la señal de ataque no
     hubiera estado más conmovido que yo: es que también iba a librar una
     batalla. Di tres pasos: todos se retiraron de mi camino ante mí, como si
     tuviera una cabeza de Medusa sobre los hombros. La conjuración del azar
     llegó hasta el fin; el primer objeto que vi al acercarme al piano fue un
     violín colocado sobre el pupitre.
     Lo tomé, lo apoyé contra mi pecho... En ese momento sentí todas las
     miradas clavándose en mí. La emoción causada por el desfallecimiento de
     Gatien se había apaciguado.
     Ataqué vigorosamente.
     Un grito de terror estalló en el auditorio. Me atreví a continuar. Pero
     esta vez el rumor fue tal que el instrumento se escapó de mis manos y fue
     a rebotar gimiendo sobre el piso.
     En el mismo instante un brazo se deslizó en el mío y cediendo a un impulso
     extraño me dirigí a la puerta.
     Las mujeres huían espantadas a mi paso: una de ellas, joven y bella, me
     miró partir con aire de compasión y alcancé a oírle decir:
     - ¡ Pobre hombre, está loco ... qué lástima!
     II
     ¡Loco! ... ¿Lo estaba? Comprenderás enseguida porque ya no puedo tener una
     idea clara del sentido que los hombres atribuyen a esta palabra.
     La verdad es que durante cierto tiempo perdí la conciencia de mi ser.
     Cuando volví en mí, estaba en el centro de la plaza del Carrousell.
     Me di cuenta entonces que tenía la cabeza descubierta y que estaba
     envuelto en un amplio abrigo que recordaba haber tomado al pasar por la
     antecámara, pero que creo no me pertenecía.
     Caminé, marché por esos mosaicos blancos y secos. En unos instantes
     atravesé la plaza y me encontré sobre el puente.
     El crepúsculo extendía sobre los muelles sus celajes grises y sofocaba en
     los globos de papel aceitado las luces rojizas de los vendedores
     nocturnos; las carretas de los hortelanos avanzaban, saltando ruidosamente
     sobre sus ejes.
     Me pareció que era una hora adecuada para dejar la ciudad y el mundo.
     El París que yo conocía, mi París, estaba adormecido; lo que veía a mí
     alrededor me era tan extraño como el pueblo de Lima o de Chandernagor.
     Me puse de pie, de un salto, sobre el parapeto. Un ligero ruido me hizo
     volver la cabeza: era la ventana de una mansión vecina que se abría.
     Una figura de mujer se me apareció, todavía envuelta en blancas y blandas
     lencerías de noche.
     Con un esfuerzo supremo mis ojos la vieron a través de la oscuridad de la
     hora.
     Era bella y creo que me miraba. Concentré en una mirada todas las fuerzas
     de mi vida próxima a extinguirse.
     "¡Oh, tú", pensé, "a quién me ha sido dado ver en mi último minuto, recibe
     el adiós a este mundo que maldigo y a esta vida me dejó, amándola!"
     Y en menos de un segundo el cielo de los más bellos días, el que había
     conocido y amado, fue evocado en la cámara oscura de mi espíritu:
     ¡Adiós!
     Crucé los brazos sobre mi abrigo, que cerré sobre mi y ... puff!
     Glu, glu, glu, glu ... el agua resonaba ruidosa en mis oídos. Me parecía
     ver y contar las masas líquidas que desplazaba. En fin, el último soplo de
     aire que contenía mi pecho. Brotó para ir a formar círculos magníficos en
     la superficie; una ola penetró en mi garganta ... y no sentí nada hasta
     que me encontré entumecido y helado en mis ropas pesadas.
     Estaba en una sala baja y abovedada, muy parecida, imaginé, a la
     antecámara de una celda o de una morgue. Un horrible farol pendía del
     techo y proyectaba sobre las paredes húmedas una luz sucia y glauca.
     Alrededor de ese cuarto, un banco de madera sobre el cual vi agitarse ante
     mí y a mis costados, extrañas formas humanas, algunas envueltas como yo en
     sus ropas, otras a medio vestir.
     Una sobre todo era atroz: la cabeza estaba dada vuelta y la garganta tenía
     huellas de heridas recientes donde la sangre se estaba coagulando.
     Descubrí después de cierto tiempo que yo también estaba sentado en ese
     banco. Sentado o apoyado, ¿cómo era la cosa? No lo sé. No sentía ningún
     contacto. No sentía frío y tampoco calor. Mas bien me había dado cuenta
     por una conciencia íntima, que el calor vital se había retirado de mí y
     que mis miembros estaban privados de reflejos que les hicieran obedecer mi
     voluntad.
     Los ojos, los únicos que habían conservado un poco de fuerza, no existían
     más que en estado de órganos puramente pasivos. Les había quedado la
     facultad de ver pero habían perdido la de mirar. Quiero decir que recibían
     como un vidrio el reflejo de los objetos, pero sin poder dirigirse ni
     expresar nada por sí mismos.
     Percibí entonces, apoyado contra una puerta gruesa un ser singular que
     atrajo toda mi atención.
     Era, sí, se trataba de un hombre, o mejor dicho de un gigante, ya que
     tenía por lo menos entre ocho y nueve pies de altura. Sus anchos hombros,
     sus miembros flacos, su rostro pálido, no con la palidez de los rostros
     humanos, sino con esa blancura mate accidentalmente manchada de rosa y de
     violeta que se ve en las máscaras de los ahogados, su actitud misma tenía
     no sé qué de sobrenatural que excitaba la imaginación.
     Su traje, uniformemente gris, estrecho y pegado al cuerpo, estaba cortado
     al ras del nacimiento del cuello, lo que le daba la apariencia de una
     legumbre monstruosa, pelada en una de sus extremidades. Sus ojos, rojos
     como los de los albinos, fijaban en mí una mirada apagada, me fascinaba.
     No podía dejar de mirarlo.
     En ese momento el ruido de una ronca campanilla se hizo oír en uno de los
     extremos de la sala.
     El gigante abandonó su postura abandonada y llamo>
     - ¡El número 6!
     Uno de los raros fantasmas que estaban a mi lado se irguió tieso sobre los
     pies y se dirigió hacia una puerta situada frente a la primera, y que el
     gigante cerró cuidadosamente después que hubo entrado.
     Volviéndose clavó de nuevo en mí su mirada fija, atravesó lentamente la
     sala y volvió, sin quitarme los ojos de encina, a ocupar su lugar a mi
     izquierda.
     - ¿Dónde estoy?
     Estas palabras no fueron articuladas; había perdido la facultad de
     expresarme por sonidos. El gigante de todos modos comprendió mi pregunta y
     respondió.
     Reconocí entonces que desde ahora podía expresar mi pensamiento sin usar
     ningún órgano: pensar y hablar se habían convertido en una cosa idéntica.
     Y fue de este modo que se estableció un diálogo entre el gigante yo.
     Yo estaba (voy a traducir su respuesta) en la sala de espera donde todos
     aquellos que mueren por inmersión van a consignar las causas voluntarias o
     accidentales de su muerte. Esta formalidad es una especie de sumario
     ordenado en vista del último juicio.
     El cuerpo es después mandado a la superficie del agua para que sea
     recogido y enterrado. Me explicó así por qué los cadáveres de los ahogados
     quedan tanto tiempo en el fondo del agua antes de subir a la superficie.
     El guardián (lo llamaré así) me indicó sucesivamente entre los muertos que
     me rodeaban un viejo que se había suicidado por amor; una joven ahogada
     desesperada por la miseria; el herido del cual ya hablé que había sido
     degollado por unos malhechores y tirado después al río.
     Durante las explicaciones el gigante se había retirado de la puerta contra
     la que estaba apoyado y vino a sentarse a mi lado. Tenía la espalda
     encorvada, los pies replegados bajo su cuerpo, los brazos caídos mientras
     balanceaba maquinalmente un manojo de grandes llaves con ese abandono, ese
     aire descuidado y cariñoso que adquieren en los intervalos de sus
     funciones los pobres diablos sujetos a empleos vejatorios.
     - Usted -me dijo examinándome con atención-, usted no está herido y no
     muestra signos de violencia o estrangulamiento. ¿es por lo tanto -añadió,
     procurando dar a su cara una expresión conmiserativa- voluntariamente que
     está usted aquí? ¡Y tan joven! Su ropa no demuestra miseria. Si tuviera
     usted un miserable trajecito de tela ordinaria, barata, como esa
     desdichada que ve ahí ... Oh tal vez -prosiguió con aire de inteligencia
     (y qué aires y qué inteligencia) - es usted un enamorado.
     Intenté estallar en carcajadas y quedé muy sorprendido al no lograrlo.
     Después me apresuré a desengañar a mi interlocutor contándole, más o
     menos, mi historia.
     Parecía escucharme con interés y confieso que no dejé de disfrutar este
     pequeño éxito en el otro mundo. Efectivamente, un hombre que se ahoga por
     no haber podido seducir a su amada tocando el violín sin haber aprendido
     bien merece consideraciones.
     No demoré sin embargo en darme cuenta que lo que había tomado por interés
     no era más que sorpresa, menos aún: estupidez; mi oyente no me había
     comprendido.
     Yo veía las ideas que había emitido chocar confusamente con su
     pensamiento, sin que pudiera ordenarlas.
     - ¿Música ... hacer música? ¿Y si usted hubiera hecho música, lo habría
     amado esa mujer?
     - Lo presumo.
     - Bueno, había que hacerla.
     - No pude.
     - ¿Por qué?
     Le expliqué el mecanismo del violín e intenté hacerle comprender las
     dificultades que ofrece.
     - ¿Pero quién hace los violines? - me preguntó.
     - Los hombres.
     - ¿Y no pueden usarlos?
     - Es necesario que aprendan.
     El gigante pareció que enloquecía de alegría.
     - ¡Ah, pobre especie, criaturas enfermas! ¡Hablar y necesitar una lengua!
     ¡Cantar, y necesitar una garganta! ¡Tocar el violín, y necesitar dedos!.
     - ¿Pero usted - le dije- hace usted todo eso sin dificultad?
     - Claro -me contestó el gigante con orgullo.
     - ¿Cómo, sabe usted música?
     - ¡Caramba! ¡Linda cosa! Vea, usted mismo que acaba de despojarse de todos
     esos restos mortales que se llaman órganos, ¡pues bien!, a pesar de todo
     puede seguir hablando de ciencia.
     ¡Decía la verdad!
     - ¡Oh -exclamé- un año! ¡Volver un año a la tierra sabiendo lo que sé!
     Yo ya estaba bastante acostumbrado a su extraña fisonomía como para darme
     cuenta, cuando avanzó hacia mí, que mantenía un violento combate consigo
     mismo.
     - Escuche - me dijo lanzando toda su voluntad cómo un dardo en la mirada-
     es usted un muchacho honrado: ¡lo quiero, caramba! ¡Y además... tan joven!
     ¡Privarse a su edad de una querida y de largos años de placer!.
     Porque, cuando hay mucho tiempo que vivir es una lección dura... ¿Estaría
     contento, eh, si pudiera volver allá?
     Quise y no pude apretarle la mano.
     - ¡Un año, un año!
     - Hay una condición. Volver aquí por el mismo camino... de lo contrario
     -añadió bajando los ojos- yo estaría en falta.
     Terminé su pensamiento. El muy astuto, a mi regreso, se alabaría de haber
     tenido algo que ver en mi aventura: serían sus pequeñas ganancias.
     - Escuche, escuche, usted no tiene número. Fue el último: nadie sabe que
     está aquí. Por lo tanto puedo mandarlo de vuelta. Pero no debe morir de
     vejez.
     Prometí, prometí con toda la sinceridad de mi alma y, con una mirada, él
     pudo convencerse que yo no lo engañaba.
     Se levantó, se aseguró que no nos podían sorprender, me levantó en sus
     brazos, entreabrió la gran puerta y ... ¡Hup!.
     Sentí de nuevo la frescura del agua, al mismo tiempo mis miembros se
     pusieron más flexibles y ...
     Me encontré en la vereda del puente, sano y seco, en el mismo lugar en que
     había tomado mi última resolución.
     Era el mismo lugar, la misma naturaleza, pero inundados por los rayos del
     sol naciente, que de golpe me deslumbraron. A mi derecha los árboles de la
     terraza de las Tullerías trazando una línea de verdor entre el azul del
     cielo y el blanco de la muralla. Las pequeñas olas grises del Sena estaban
     salpicadas aquí y allá por puntos luminosos, más numerosos y más cercanos
     que las escamas de un pez.
     Volviendo la cabeza a la izquierda, tuve la pueril curiosidad de buscar la
     ventana donde se me había aparecido la mujer providencial. La ventana
     estaba abierta: tapices de piel pendían del balcón. Me pareció que el
     cuarto estaba vacío. A mi alrededor los mercachifles descansaban fatigados
     sobre sus mercaderías.
     Algunos transeuntes me observaban, sorprendidos de encontrar a esta hora y
     en este lugar un hombre vestido como para un baile y sin sombrero.
     Según mis conjeturas, habían pasado dos horas desde el momento en que me
     arrojé desde el parapeto.
     Pero a estas dulces sensaciones del despertar y de la vida recuperada,
     sucedió bien pronto una emoción más violenta, que me hizo replegar dentro
     de mí. Todas mis facultades desenfrenadas cantaban el poema del poder
     total y del genio.
     Me sentía virtuoso, y con la misma fe que hizo los Colón y los Galileo. Mi
     mirada franqueaba los espacios y atravesaba las paredes según mi voluntad;
     los rostros me develaban las almas. Mi oído percibía de inmediato los
     menores sonidos. En una palabra, el universo se me revelaba, no cómo un
     espectáculo sino como un sistema del cual comprendía sus leyes y sus
     vinculaciones.
     La novedad de mis sensaciones me deslumbraba. Era como un nuevo nacimiento
     pero donde la inteligencia gozaba de cada manifestación como de una
     conquista. Diez noches no fueron suficientes para darme cuenta de las
     sorpresas y alegrías que había experimentado durante esas primeras horas.
     La primera vez que volví a ver a Lidia (otra vez más en una reunión), y
     cuando recordé que era por ella que había querido adquirir un poder sobre
     humano, quedé atónito. Lo que leí en su cara me indignó contra mí mismo.
     El nombre de la locura pronunciado a mi salida había circulado. Un criado
     de la casa que por orden de su amo me había seguido, había sido testigo de
     mi suicidio. El silencio que yo guardaba sobre este último acontecimiento
     dio lugar a las suposiciones más fantásticas. Todo el mundo reconoció que,
     en un ataque de locura, yo había intentado matarme. Y que los desplantes
     de la baronesa habían sido la causa de esa resolución. Y bien, Lidia quedó
     encantada ante esos comentarios: lo descubrí en la primera mirada y si ese
     descubrimiento no hizo que le cobrara odio, mezcló un deseo de venganza a
     mis pensamientos amorosos.
     Gatien, que yo encontraba en todas partes donde veía a Lidia, tocó esa
     noche como de costumbre y con el éxito de siempre. No pude resistir al
     deseo de apagar su entusiasmo: me senté al piano y la originalidad de mi
     improvisación no dejó de él más que un recuerdo mecánico.
     La ambición de toda mi vida estaba satisfecha; mi sueño estaba realizado,
     porque ya no cabía duda, con el éxito obtenido, que el corazón de la
     baronesa se entregaría al vencedor.
     ¿Diré que ese triunfo en razón de lo poco que me costó me pareció
     mediocre? Lidia, sin embargo era siempre bella, y no olviadaba las
     sensaciones que me había provocado. Pero cada una de las revelaciones que
     descubría en sus ojos, donde se reflejaban la vanidad de su corazón y la
     ligereza de su espíritu, disminuían a diario el precio de mi victoria.
     ¿Qué era por otra parte la conquista de un corazón que sólo pedía
     entregarse, para un ser cuyos sentidos en su totalidad tendían a lo
     imposible?
     Además las alegrías del triunfo no tardaron en ser compensadas por un
     suplicio intolerable; mis órganos, debido a la delicadeza extrema que
     habían adquirido, estaban en todo momento agredidos por los contactos que
     tenía con los hombres.
     Así, por ejemplo, la obertura de Guillermo Tell, ejecutada por la orquesta
     del Conservatorio, me hacía el efecto de un concierto en el Caribe; me
     desgarraba los tímpanos, me ponía los nervios de punta. La música, tal
     cómo los hombres la han inventado y perfeccionado era para mi un arte en
     la edad de la infancia. Obstinarse, como hacen aún los músicos en tomar
     como base de la tonalidad las siete notas de la gama cromática, me parecía
     tan absurdo como querer calcular con cuatro cifras o escribir con cinco
     letras. ¿Y por qué no veinticuatro, como en el alfabeto, o nueve, como en
     la numeración?
     Mi oído percibía entre una y otra nota gamas enteras. Cada relación de un
     medio tono encerraba para mi mundos de sonidos distintos que el oído
     humano no percibía nunca.
     Algunos a quienes intenté hacer comprender se contentaron como toda
     respuesta en repetir que yo estaba loco. Dos o tres de los más sabios
     entrevieron que en el fondo de mis ideas había algo pero, encontrando
     dificultades para entender lo que yo les decía con su ciencia vulgar,
     llegaron a la conclusión de que, si yo tenía razón estaba adelantado en
     dos siglos.
     Encontré de todos modos un oyente inteligente y de buena fe: un israelita
     alemán llamado Jeremías Klang.
     Este hombre tras haber despilfarrado sesenta años de vida y una fortuna en
     la persecución de fenómenos metafísicos, se entregó en una buhardilla a la
     búsqueda de una nueva síntesis musical. Vino a verme.
     Desde la primera entrevista me declaró que yo le había revelado cosas que
     él no había hecho más que entrever durante su vida y que si yo no estaba
     loco, sin duda era un genio sobrenatural, pues yo acababa de descubrirle
     lo absoluto en música. Una segunda entrevista terminó por entusiasmarlo,
     tuve todas las dificultades del mundo para impedir que se arrodillara
     delante de mí. Me suplicó que lo aceptara como discípulo y le permitiera
     escribir y publicar todo lo que yo le revelara.
     Tenía un desprecio demasiado elevado por la ciencia para no consentir en
     lo que me pedía. En consecuencia venía a casa todos los días. Y cada una
     de nuestras entrevistas era tema para un folleto, donde mi precursor
     predecía el advenimiento de una resolución en el arte que haría estremecer
     desde sus bases al Conservatorio y al Instituto.
     El suplicio del que hablé volvió muy pronto insoportable mi estadía en
     París. Proyecté entonces comprar, en uno de los extremos del Bois de
     Boulonge un pabellón aislado, adonde pudiera retirarme con Jeremías, el
     único ser capaz de comprenderme.
     Entretanto yo me había vuelto célebre gracias a la singularidad de mis
     aventuras, a las publicaciones apocalípticas de Jeremías y también a la
     facilidad con la que yo improvisaba con cualquier clase de instrumentos.
     Este barniz de fama que no había buscado, fue como la miel en la que la
     fantasiosa baronesa quedó prendida. Hizo más: esta mujer tan altanera,
     vanidosa de su belleza, que hubiera considerado que hacía un favor insigne
     al dejarse besar la punta del guante, no temía entregarse a mí
     ostensiblemente, siguiéndome a mi refugio.
     A pesar que con esto me ganaba más envidia de la que me hubiera dado mi
     genio revelado, la cosa no me conmovía mucho.
     Esta mujer se perdía para conquistar el derecho de ser la única amada por
     un artista en cuyo porvenir tenía fe, y esto me parecía tan miserable como
     si se hubiera entregado por dinero. Lo comprendió y cayó en la desolación.
     Pero ni sus lágrimas, ni su sumisión, pudieron vencer el desprecio que
     había concebido hacia ella; la relegué como una sultana al fondo de mi
     apartamento, donde incluso evitaba encontrarla; pasaba todo el tiempo en
     conversaciones a solas con mi querido Jeremías.
     No se cansaba de hacerme hablar y de escribir bajo mi dictado. Las noches
     le servían para escribir un nuevo solfeo de acuerdo a mis nuevos
     principios.
     Según sus cálculos todavía le quedaban diez años de vida y era más de lo
     necesario para realizar su revolución.
     A punto de llegar a la ejecución, me pidió un día que compusiera una
     sinfonía. La cosa era demasiado fácil para negarme.
     Puse manos a la obra. De todos modos los desarrollos que yo había dado a
     la tonalidad nos obligaron a inventar una notación nueva (y para esto los
     antiguos estudios de Jeremías nos sirvieron de mucho).
     Mientras yo trabajaba él observó que la música, como yo la escribía era
     imposible de ejecutar con los instrumentos comunes. Era por innovaciones
     de esta naturaleza, que ya había perdido parte de su fortuna. Me persuadió
     que creáramos en la vecindad una fábrica de la que él sería el director.
     Fabricaría productos fabulosos. Se trataba de bases gigantescas que no
     podían ponerse en juego si no era por medio de un mecanismo, violines de
     bolsillo, tan exiguos que nos vimos en apuros por saber dónde el
     ejecutante iba a meter los dedos.
     Jeremías aprovechó la ocasión para unir a su fábrica una academia donde
     los alumnos se formaban de acuerdo al nuevo método.
     Mi familia se sorprendió de estas empresas. Hasta ese momento mi locura en
     tanto fuese locura, les había parecido soportable. Era, por otra parte,
     una locura dulce.
     Pero cuando se enteraron que el desorden de mi mente había llegado a
     meterse en gastos de construcción y de explotación, se alarmaron.
     Llegaron hasta mi rumores singulares, según los cuales no se trataba de
     nada menos que de prohibirme hacerlo. Me burlé hasta el día en que un
     grupo de parientes se presentó en casa para hacerme algunas
     recomendaciones por mi interés. No me costó trabajo probar a esos
     excelentes padres que el empleo que yo hacía de mi fortuna no se apartaba
     de las condiciones legales. Terminé desconcertándolos traduciendo palabra
     por palabra sus pensamientos. Que la mayor parte del tiempo contradecían
     sus palabras. Se retiraron, muy desilusionados, y no oí hablar más.
     Jeremías, tras convertirse en jefe del taller y profesor, era diariamente
     llamado a París por sus compras, contratos, y mil otras cosas. Una mañana
     partió, según su costumbre, y no volvió más.
     Su ausencia duraba ya cuatro o cinco días cuando una noche vi llegar a
     Schmidt el pintor.
     Era el único de mis antiguos amigos que no me había puesto en la necesidad
     de echarlo asqueado. Lo tenía en alta consideración por no haberlo
     sorprendido jamás en alta contradicción entre sus palabras y su
     pensamiento. La sublimidad de su alma lo había llevado más de una vez a la
     altura del genio mismo: y aunque en las discusiones frecuentes que
     teníamos, él seguía siendo, por no entenderme, mi adversario, puedo decir
     que fue (después de Jeremías, naturalmente) el único que sospechó algo de
     la verdad. Como de costumbre, la conversación se desarrolló sobre
     estética.
     - Ay - me dijo al fin Schmidt, después de haberme escuchado largamente-
     tal vez todo eso sea demasiado hermoso para nosotros, tal vez a fuerza de
     elevarte te has perdido en lo imposible.
     Luego, haciendo alusión a mis recientes discordias familiares, me
     compadeció por haberme vuelto intratable y reacio a toda sociedad.
     - ¿Cómo -terminó - no lamentar el estado en que te veo, cuando pienso que
     el único hombre con quién te has entendido hasta ahora es un loco?
     Y enseguida me mostró un sumario firmado por un comisario de policía donde
     se relataba que Jeremías Klang había sido arrestado en el momento que
     arengaba a los transeuntes en la calle y había sido reconocido como un
     enfermo alienado escapado del hospital para locos de Bicêtre, donde el
     comisario lo había hecho internar de nuevo.
     Schmidt (las mejores naturalezas no están exentas de un grano de egoísmo)
     sonreía mientras me mostraba aquel documento auténtico que parecía dar
     razón a su opinión sobre la mía.
     - ¡Loco! - exclamé-, ¡Jeremías, loco! ¿Jeremías en Bicêtre? ¡Es el único
     que he encontrado entre ustedes que tiene verdadera inteligencia,
     sabiduría, genio, y ustedes lo han envilecido y lo han privado de su
     libertad! Oh, es que la vecindad del genio es tan peligrosa para ustedes,
     espíritus limitados, abortos que creen poseer el secreto de la naturaleza
     y no saben ni siquiera pintar fachadas. ¡Vayan a denunciarme a la policía!
     Por que si Jeremías es un ser peligroso para ustedes yo lo soy mucho más.
     ¡No tiene ni la mitad de mi locura!
     Y empujé a Schmidt, aturdido, fuera del cuarto.
     La visita de Schmidt se había prolongado y era tarde cuando lo despedí.
     Me quedé solo y caí lentamente en una profunda depresión. ¿De qué me había
     servido aquella ciencia adquirida por desesperación, como no fuera para
     hacer más y más el vacío a mi alrededor? El único ser que podía hacerme
     sentir cierto interés me había sido arrebatado, yo había aprendido a
     despreciar la gloria; el amor se iba con la fe y la ilusión. En fin, el
     hombre a quién acababa de echar de casa era mi mejor amigo.
     Me encontré solo conmigo mismo, sin otra compensación por tantas pérdidas
     que un poder sin objeto. ¿A qué aferrarme ahora? ¿Y qué me quedaba por
     hacer sino cumplir la promesa hecha al que me había resucitado?
     Volví a pensar en Lidia y por primera vez desde que había empezado a vivir
     me enternecí.
     Me levanté, tomé una antorcha y me dirigí sin ruido al cuarto donde había
     relegado a mi conquista.
     Ella dormía... El desprecio que yo le manifestaba había alterado su salud;
     su rostro, antes bello, había sufrido. ¡Pobre mujer! Me había amado tanto
     como era capaz; ¿era acaso su culpa que yo hubiera querido forzarla a
     darme lo que no tenía, y que yo hubiera considerado como un crimen una
     ambición que hubiera halagado a cualquier otro?
     Joven y bella, aún podía ser feliz, dar dicha a otro; ¿no era lógico que
     le devolviera su libertad?
     Volví a mi cuarto con precaución y decidí que era un deber escribir a la
     pobre Lidia para informarla de mi resolución. Terminé aconsejándola que se
     casara con Gatien.
     Hecho esto salí de la casa y me dirigí al río.
     Era más o menos la misma hora que había elegido la primera vez para
     despedirme de la vida. Pero, como estábamos en agosto la noche era más
     cálida, lo que disminuía el mérito de la empresa.
     Quedé un rato sentado en el pedregullo, interrogándome, tratando de
     sorprender en el fondo de mi corazón alguna nostalgia por la vida que iba
     a dejar. Pero en mi corazón no había más que ruinas: por más que golpeara
     no salía ni un suspiro.
     No me quedaba por lo tanto más que cerrar los ojos, cruzar los brazos y
     entregarme a la corriente...
     Vecino, el día nos sorprende. Ha cantado el gallo; separémonos. Mañana
     será mi turno para escucharte. Procura que tu historia sea menos aburrida
     y más instructiva que la mía.
     ¡Todavía catorce horas para permanecer sobre esta horrible piedra!.
     - ¡Hasta mañana!